La cultura es salud: la ignorancia como motor del conocimiento

Marta Sanz, Luis González y María Blasco en Casa del Lector
Marta Sanz, Luis González y María Blasco en Casa del Lector

Según la OMS, “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Por esa razón, y desmintiendo la separación artificial que se ha establecido históricamente entre cultura y ciencia, Librotea en colaboración con Bristol Myers Squibb, se impulsa el ciclo La cultura es salud, una serie de encuentros entre personalidades de la literatura y la ciencia para charlar sobre las múltiples conexiones entre estas áreas del saber humano.

Dentro de la obra de Marta Sanz, Clavícula es un libro especial. “Es muy peculiar, lo empecé a escribir sin saber muy bien qué estaba haciendo, movida por la necesidad de poner orden en ese desorden que genera el dolor en el cuerpo, y el dolor asociado a todos tus miedos, a lo que desconoces”, explica en el tercer encuentro de La cultura es salud la autora madrileña, que compartió charla con la directora del CNIO, María Blasco. “Me di cuenta de que esas reflexiones, que hice en clave tan personal e íntima, conectaban con mucha gente. Yo en Clavícula me di cuenta de que la vida va en serio, y que envejecer y morir a veces son el único argumento de la obra. Por eso agradezco mucho a personas como María que se encargan de investigar respecto a nuestras posibilidades para vivir mejor y alargar nuestra vida. Atenúan muchos de nuestros temores que tienen que ver con nuestra ignorancia”.

Esa intención de conocer, “de dar explicación a lo desconocido”, es algo que comparten literatura y ciencia. “El motor de la ciencia es lo ignorado, lo desconocido”, asegura en la charla María Blasco. “Los científicos tenemos una actitud muy relajada con respecto a lo que ignoramos porque es el motor del conocimiento. Por lo tanto, la ignorancia es mala si es una ignorancia sobre cosas que están establecidas y no se respetan”. Blasco, bióloga molecular, se encarga “de conocer cómo funciona la vida. A mí me interesa entender por qué enfermamos, en concreto las enfermedades asociadas al envejecimiento. Uno de los procesos moleculares que estudio es por qué envejecemos.

El primer objetivo no es vivir más años, que por supuesto todos queremos, sino en mejores condiciones de salud. Se trata de entender el origen de la enfermedad para poder prevenirla o retrasarla”.

Ciencia y literatura, por tanto, parten de la ignorancia para alcanzar un objetivo común, el conocimiento. “Yo últimamente me quejo mucho de que vivimos en un contexto en el que hay un elogio permanente de la ignorancia frente a un conocimiento que se considera propio de personas friquis o elitistas”, sostiene Sanz. “Creo que hay un concepto muy perturbado y muy demagógico sobre la cultura popular. Yo siempre hago un símil diciendo que para mí la cultura popular tendría que ver con que se hablara de Virgilio en la barra de los bares”. De la misma forma, la concepción social de la ciencia muestra varias debilidades. “Los ciudadanos piensan que la ciencia es la solución para todas las cosas, pero la Ciencia necesita su tiempo. Los científicos partimos de lo desconocido, necesitas una permanencia en el tiempo para demostrar algo”, explica Blasco.

Por esa razón, Sanz habla de “la conciencia de la ignorancia”. “Yo sé que no sé, no me empodero en mis lagunas y me hago soberbia en mi falta de conocimiento. Soy muy consciente de que sobre esto no sé y que es algo que merece ser investigado, escudriñado, y eso es lo que hace funcionar el conocimiento y la cultura”. También de la eliminación de la separación que se establece a menudo entre ciencia y arte. “La ciencia tiene un componente fundamental de creatividad, que tiene que ver son la curiosidad y la imaginación, y las humanidades, que se supone que son más creativas, más mágicas, también tienen un factor de medida, de compás, que muchas veces las enriquece. Simplificamos mucho y separamos de manera artificiosa lo científico de lo artístico”.