Sinopsis
Gary Indiana «cayó» en la crítica de arte a finales de 1983, cuando lo que en realidad quería era escribir novelas, dirigir teatro y actuar en cine. Cada semana durante cuatro años entregó, en la salud y en la enfermedad, una columna a sus editores del Village Voice sobre el bullente «mundo del arte de Nueva York», pero también, para disgusto de no pocos lectores, sobre los Estados Unidos de Reagan: el patrocinio de guerras en Centroamérica, la criminalización de la homosexualidad, la indiferencia gubernamental frente a la epidemia del sida. Como alguien sin mucho qué perder y poco qué ganar, se negó a romantizar la década ante cuyos ídolos muchos seguimos poniéndonos de rodillas.