Especial Del "bookhaul" a la lectura profunda: el consumismo en la comunidad lectora
En los últimos años, una nueva tendencia ha colonizado las redes sociales de la comunidad lectora: el bookhaul. Este término, importado del inglés (haul: botín, acarreo), se refiere a la práctica de exhibir públicamente —en videos, stories o publicaciones de Instagram— las compras masivas de libros, a menudo apilados en torres impresionantes que despiertan admiración, envidia y, sobre todo, un deseo replicado.
Lo que comenzó como un inocente compartir hallazgos literarios ha mutado en un fenómeno de consumo que en muchos casos prioriza la posesión sobre la lectura, la cantidad sobre la profundidad y la estética de la estantería sobre el diálogo con el texto.
¿Cómo se vive el bookhaul en España, México y Latinoamérica, cuáles son sus implicaciones psicológicas y ambientales y qué antídoto podría contrarrestar esta tendencia consumista?
Cuando comprar libros se convierte en un deporte de espectáculo
El bookhaul no nació en el vacío. Es heredero directo de la cultura haul de YouTube, donde influencers de moda y belleza mostraban sus compras de temporada. Su traslación al mundo literario fue natural en una comunidad —la booktube y bookstagram— altamente visual y orientada a la recomendación.
En España, plataformas como Instagram y TikTok han multiplicado su alcance, con etiquetas como #bookhaulespañol, superando el millón de visualizaciones. En México y Latinoamérica, el fenómeno se ha fusionado con la tradición de las ferias del libro (FIL Guadalajara, Feria del Libro de Buenos Aires), donde los haul de "botín de feria" se volvieron rituales virales.
Según el Digital 2024 Global Overview Report, elaborado por We Are Social en colaboración con Meltwater, a nivel global, 40% de los usuarios de internet se deja influir por creadores de contenido para sus compras, una tendencia que el nicho literario ejemplifica a la perfección.
La psicología detrás de esto a menudo se explica por el FOMO (miedo a perderse algo), un fenómeno de ansiedad social ampliamente estudiado y vinculado al uso de redes sociales, que en este contexto se traduce en la presión por adquirir y exhibir las novedades que consagran el estatus dentro de la comunidad lectora digital.
Detrás de la ilusión de la biblioteca perfecta se esconde una realidad incómoda: el tsundoku. Esta palabra japonesa, que designa el hábito de acumular libros sin leerlos, describe con precisión el destino de muchos volúmenes comprados por impulso.
Las editoriales, por su parte, han encontrado en el bookhaul un mecanismo de marketing orgánico perfecto: regalos a influencers, ediciones limitadas y lanzamientos simultáneos crean una escasez artificial que acelera las compras.
Los datos ofrecen una paradoja: mientras la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) reportó un aumento del 11.2% en la facturación del sector editorial en 2023, el Barómetro de Lectura 2023 revela que el porcentaje de lectores frecuentes (que leen al menos una vez a la semana) se ha estancado en torno al 52.5% de la población. Compramos y facturamos más, pero el hábito lector consolidado no crece al mismo ritmo, sugiriendo un consumo más impulsivo y una lectura más intermitente.
Frente a la ansiedad, la lectura profunda
El impacto del fenómeno trasciende lo cultural. Psicológicamente, la ansiedad por acumulación –relacionada con el Trastorno por Acumulación según el DSM-5 que se usa en psiquiatría– y la culpa lectora son fenómenos descritos en foros y comunidades digitales, aunque aún no cuentan con estudios longitudinales específicos para el ámbito literario.
Investigaciones sobre consumo digital, como las de Turkle (2017) sobre la identidad en redes, sugieren que la exhibición de posesiones culturales puede alimentar dinámicas de comparación social donde la biblioteca se convierte en un símbolo de estatus performativo.
Frente a esta dinámica, gana relevancia un movimiento contracultural: la lectura profunda o slow reading. Inspirado en la filosofía slow food, propone desacelerar, releer y priorizar la calidad de la experiencia lectora sobre la cantidad. En Latinoamérica, esta tendencia se manifiesta en el crecimiento de clubes de lectura dedicados a la relectura y el análisis pausado, así como en la preferencia por librerías de segunda mano y mercados de intercambio.
La neurocientífica cognitiva Maryanne Wolf, en su obra Lector, vuelve a casa: Cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas (2020), argumenta que la lectura profunda no es un lujo, sino una necesidad cognitiva. Wolf sostiene que, en un mundo de estímulos digitales rápidos, "la lectura lineal y concentrada es un acto de resistencia que fortalece los circuitos cerebrales de la empatía, el pensamiento crítico y la reflexión interna", funciones que se atrofian con el procesamiento fragmentario de la información online.
Hacia una comunidad lectora más consciente
El bookhaul no es el enemigo en sí mismo; es un síntoma de una comunidad vibrante y entusiasta por los libros. El riesgo genuino reside en que el acto de consumo opaque el goce literario profundo. La solución, por tanto, no pasa por la censura, sino por cultivar el equilibrio: disfrutar del hallazgo de un libro nuevo, sin olvidar el valor del reencuentro con un volumen ya poseído.
Esta búsqueda de equilibrio se manifiesta en iniciativas concretas. Editoriales independientes en España, con modelos basados en la curatoría y la calidad, como Capitán Swing (especializada en ensayo narrativo) o Nórdica Libros (focalizada en narrativa ilustrada), construyen catálogos donde cada título es elegido por su valor perdurable, implícitamente promoviendo un "menos es más" frente al diluvio de novedades.
En México, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en su edición 2023, integró de forma destacada en su programa FIL Pensamiento debates sobre "El futuro del libro: edición sostenible y responsabilidad ambiental", legitimando la conversación sobre el impacto ecológico y social de nuestras prácticas lectoras.
Estos ejemplos señalan que un cambio de mentalidad ya está en curso: un lento pero perceptible giro desde la lógica de la acumulación hacia la de la curatoría consciente, y desde la pose estática hacia la búsqueda de profundidad.
La comunidad lectora hispana tiene la oportunidad de liderar un giro hacia un consumo más ético y una práctica lectora más enriquecedora. Como decía Susan Sontag, "la literatura es libertad". Es hora de liberarla también de las cadenas del consumismo compulsivo, para que un libro sea, una vez más, un compañero de viaje y no un trofeo en una vitrina digital.