Especial Cada mar desierto
Por qué vine
Vine al desierto a escribir sobre mi hermano. Eso no lo sabía, pero ahora está claro. Vine a escribir sobre su ausencia y los huecos que dejó en nosotros. Porque hay historias que se vuelven mitos, agujeros que el silencio absorbe. Historias pendientes como el paraguas que alguien olvida en la rama de un árbol y nadie recuerda que quedó allí, hasta que comienza a llover.
Vine al desierto a escribir sobre mi hermano. Porque sólo en este paisaje ancho y árido cabe la ausencia. Vine a nombrarla, a darle voz a un fantasma. Porque el duelo resiste como una cactácea y aunque esté condenado al silencio, insiste.
Vine a abrir las palabras como se abre un cuerpo por la mitad para que algo nazca. Una duda o una sombra. Mi hermano murió sin fotos ni cumpleaños. La mayor prueba de su existencia es el cuerpo de mamá. Mi origen es esa pérdida temprana. Pero no termina ahí. No comienza ahí. La historia se remonta más atrás y empieza donde se abren todas las historias: por un parto. Mi abuela y su madre. Su muerte. Otra violencia. Vine a escribir de los lugares de los que mamá no habló, voy a intentar llegar al fondo del agujero. El escenario será un desierto y todo comenzará un domingo de un mes ocho.
i. Pulpo
All human life on the planet is born of woman.
Adrienne Rich
Agujero vacío,
sustracción. Cómo intentar definir
la ausencia si cualquier palabra tiene
cuerpo y el cuerpo pesa, es presencia,
y eso es lo opuesto a la ausencia.
A pesar de los agujeros voy
a escribir. Llenar con palabras los huecos.
Palabras como piedras, o migajas o pistas.
Voy a escribir como si las letras fueran posibilidades.
O tajadas. Tajadas que le
hago al tiempo para comerme el hubiera
y el nunca.
Un lugar silencioso y sin luz. Para escribir, eso me basta.
Un lugar seguro. Como la oscuridad. Como un clóset.
O una cueva submarina. Una atmósfera cerrada para
soltar las palabras como si fueran burbujas de oxígeno.
Dicen que bucear se parece a volar, pero esto es algo
que no puedo corroborar. Le tengo miedo a la profundidad del océano. No le temo al agua, hasta diría que
soy buena nadadora. Mi miedo es a sumergirme dentro
y sopesar lo inabarcable, lo que no tiene fondo. Me da
vértigo la sola idea de voltear en todas direcciones y
no encontrar un límite.
Es curioso que escribir sobre esto se sienta así, como
esa pérdida de equilibrio. Como sumergirme en lo oscuro y seguir descendiendo.
¿Cuánto mide el mar, mamá?, me pregunta mi hijo pequeño de cuatro años. No tengo idea. Ni por asomo sé la medida de lo que no se abarca. Preguntas sin respuesta en un pequeño cuerpo. El mar, me digo. El océano. Le doy vueltas a las letras en su inagotable fondo. Hay dos razones por las que escribiendo recurro al océano: el mar me hace pensar en mamá. Y también, el mar me hace pensar en el desierto. En su silencio, en su anchura, en lo que no tiene límite. Pero además, el desierto chihuahueño en el que estoy, alguna vez, hace millones de años, fue un océano. Lo dicen los fósiles marinos encontrados que corresponden a animales invertebrados: conchas, caracoles, amonites. Sedimentos, huellas. Ahora el desierto es ausencia de agua. Sólo quedan las marcas, estratos en las montañas que muestran que el tiempo pasó, que atrás hay una historia. Un origen marino.
En La sangre, el mar, dice Italo Calvino que nuestra sangre tiene una composición química análoga a la del océano del cual los primeros seres pluricelulares extraían el oxígeno. En nuestro cuerpo, la sangre es la huella de ese pasado. Cuando evolucionamos a organismos más complejos, se favorecieron los que tenían estructuras huecas por las que podía fluir el agua marina. La vida terrestre se hizo posible porque la circulación sanguínea aseguró la distribución del oxígeno a las células. Dice Calvino que el mar, donde en un tiempo estábamos inmersos, ahora está encerrado adentro de nosotros.
--o--
Mar adentro. La sangre. Un racimo de vertientes que recorren la misma dirección y desembocan en el vientre materno. El primer océano. La primera célula, la misma sal. En nuestro cuerpo sólo queda el ombligo como la huella de ese origen marino del que provenimos. Un cordón umbilical que nos conectaba al agua. Ondas de sonido comprimidas por el cambio de una presión interna, donde escuché su voz por primera vez.
Migrar significa trasladarse. Condición de movilidad, estar en tránsito. Significa querer llegar a algún lugar y detenerse, al menos por un tiempo. Echar raíces, plantar los pies, reconectar la cepa que fue arrancada de su origen. La pregunta es si el cuerpo vuelve a crecer otra vez con otro norte. La pregunta es si alguna vez tiene sentido alejarse.
--o--
Migramos al desierto. El lugar más silencioso en el que he vivido. Las primeras noches que pasamos aquí, tanto silencio y falta de alumbrado público me daba miedo. Como si algo fuera a salir de las paredes. Pero no. Sólo espacios negros entre casa y casa, las sombras de algunos árboles escuetos, ninguna persona caminando por alguna vereda. Pronto aprendimos que las noches transcurrían sin ruidos. Sólo el viento, siempre el viento y, a lo lejos, el tren, ese bramido largo extendiéndose en la lejanía.
--o--
Al maternar, el silencio no existe. O sólo aparece cuando los niños duermen. Como ahora. El cuerpo de mis hijos —la niña mayor, de ocho años, y el pequeño, de cuatro— reposa en la litera. Una cartografía del instante. Escribo de madrugada, entre los intersticios sin luz, como los marineros que bajo la vela trazaban el curso de sus viajes. Aprovecho este momento para marcar los nuevos límites de mi mapa en una ciudad en la frontera. Las calles que aún no memorizo, las banquetas que aún no he caminado. Las esquinas donde no hay recuerdos, apenas una casa que llegamos a habitar hace unos meses. Una casa para hacer nuestra con la cotidianidad de los platos sucios, las manchas de sopa en las sillas, algunos juguetes tirados en el piso.