EL RECOMENDADOR DE LIBROS

Logo Milenio
Logo Librotea
Cuando mamá lastima

Especial Cuando mamá lastima

Rayo Guzmán Américas /

PRÓLOGO

Este libro no es sólo una recopilación de historias: es una travesía íntima hacia lo más profundo del alma humana, un viaje que se emprende desde las heridas más silenciadas y concluye, con humildad y coraje, en el umbral del perdón.

Las páginas que el lector está por recorrer reúnen relatos de hijos e hijas que, desde distintos rincones de su infancia, se enfrentan al dolor originado en el vínculo primario, ese que se construye o se fractura en la relación con la madre. No se trata de juicios ni de condenas, sino de la necesidad vital de entender, de sanar, de poner nombre a lo vivido y de tender un puente entre el pasado y la posibilidad de reconciliación.

Cada historia es una voz que ha sido silenciada durante años. Voces de niños heridos que, al crecer, cargaron con culpas que no les correspondían, con silencios impuestos, con amores no dichos o distorsionados, con ausencias que marcaron el cuerpo y el alma. Y, sin embargo, entre esas sombras, cada uno de los protagonistas ha comenzado a encender su luz interior.

El perdón aquí no es un gesto simple ni una frase vacía. Es un acto profundo, muchas veces desgarrador, de aceptación y liberación. Perdonar no significa justificar el daño recibido, sino dejar de cargarlo. Significa mirar al otro y a uno mismo con compasión y responsabilidad. Perdonar es, en estos relatos, la forma más valiente de sobrevivir.

Así como en estas historias hay rigidez, manipulación, abandono, sobreprotección, humillación e indiferencia, también hay búsqueda, lucha interna, terapia, comprensión y resiliencia. Hay un intento por entender a aquellas madres humanas, imperfectas, algunas atrapadas en sus propias historias del presente y el pasado y, otras, repitiendo patrones de generaciones anteriores. A su vez hay hijos que, con todo el dolor, deciden no perpetuar la herida, entendiendo que "nuestra historia no nos define, pero nuestra decisión de transformarla sí".

Cada uno de nosotros es el resultado de vivencias que no elegimos, de lealtades invisibles y de creencias que se han transmitido como verdades absolutas. No estamos condenados a repetir el pasado, estamos aquí para honrarlo sin ser prisioneros de él.

Este libro no promete finales felices. Nos invita a adentrarnos en una realidad necesaria, la verdad desnuda. Y en esa verdad, por cruda que sea, habita la posibilidad de liberarnos. Cada testimonio aquí contenido desde el abismo más oscuro hasta el último susurro de perdón, es el eco de un grito silenciado, de un dolor que muchos hemos llevado callado por años. La historia de nuestra familia no termina con lo que heredamos sino con lo que decidimos transformar.

Leer estas páginas no es un simple acto de lectura; es un ejercicio de coraje. Es atreverse a mirar de frente lo que duele, es abrir el alma a otras heridas para, tal vez, comenzar a entender y sanar las propias.

Invito al lector a sumergirse en estas páginas no con juicio, sino con sensibilidad; no con miedo, sino con empatía. Porque en lo más íntimo del dolor, también habita la posibilidad de cambiar, resignificar, sanar y amar. Porque cuando uno sana, no sana solo, sanamos para nosotros, para los que vinieron antes y los que vendrán después.

Shulamit Graber Dubovoy


INTRODUCCIÓN

«La vida de los hombres no siempre es un libro bien paginado y encuadernado. A veces la infancia y la adolescencia vienen cuando deberían haberse ido».

José Luis Martín Descalzo


La presente obra es un tributo a cada una las personas que abrieron la puerta de su mundo íntimo para ayudarme a construir mis personajes. Es un libro que encierra historias verdaderas convertidas en mentiras que se sienten de verdad, porque cuando a uno le duele un párrafo, es porque ha conectado con alguna herida interior. Estas historias no pretenden curar las heridas de la relación de una madre con su hijo, pero sí visibilizar las sombras y las luces del poderoso vínculo.

Algunas tradiciones tibetanas dicen que los hijos escogen a los padres. Tres meses antes de iniciar la gestación, cada alma elige de acuerdo con las lecciones que debe aprender. De los lazos divinos, por así llamarlos, que existen en la Tierra, el más poderoso es el de una madre con su hijo, pues genera un aprendizaje profundo, tan doloroso que a veces lastima; tan amoroso que en ocasiones mutila y sobreprotege. Todo en nombre del amor.

En esta relación, el hijo, en su estado de indefensión absoluta al nacer, establece una unión afectiva con su madre de manera inmediata. Una conexión no equitativa en la que existe una total dependencia del hijo hacia la madre. Esa indefensión temprana se hace duradera si el vínculo no madura.

Sin embargo, el rol de madre no se aprende; se configura desde la niñez. Es un trayecto de autogestión permanente. El tipo de madre que hemos tenido determina mucho nuestra personalidad, pero esto no es algo inamovible. El ser humano está en constante evolución y puede tomar la decisión de ser cada día más sano en sus emociones, aunque a veces eso implique deshacer o rehacer ese lazo.

Para las que somos madres, está claro que no existen recetas y que los hijos no vienen con un instructivo. En ocasiones los lastimamos sin querer. A veces nos sorprendemos a nosotras mismas haciendo justo lo que habíamos jurado no hacer jamás con nuestros hijos, porque eran acciones que a nosotras nos habían provocado un dolor profundo. Los lastimamos por error, por ignorancia, por accidente. No sólo se lastima por maldad o por egoísmo; también se hace daño pensando que se está prodigando un acto de amor.

Muchas personas son unas afortunadas por contar con una madre amorosa que las escucha, que tiene tiempo para estar a su lado, que reconoce sus logros, que les prodiga caricias sin importar la edad, que les enseña principios y valores con disciplina y cariño. Pero otras viven experiencias llenas de resentimiento, decepción y han transitado por el sendero del abandono, la injusticia, la desilusión o de la culpa.

Carl Gustav Jung afirma que «aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de la vida fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma». Por tanto, aprender de nuestras cicatrices es la opción que permite el cambio.

El vínculo amoroso e imperfecto que tenemos con nuestra madre se convierte en un estambre con el que tejemos historias agridulces, y todos hemos tenido una madre con una historia singular, única, imperfecta. Quien armoniza con su madre, se ha reconciliado con su vida y puede disfrutarla en plenitud.

Cuando mamá lastima es una recopilación de historias conmovedoras narradas desde ese niño herido que, por medio del perdón, se deshace de su dolor crónico y camina hacia el sendero de la liberación emocional, de la reconciliación y la gratitud. Los nombres y apellidos de los personajes que aparecen aquí son inventados y las circunstancias que cuento, imaginarias. Son historias escritas a partir de retazos de experiencias de hombres y mujeres que han sufrido con sus madres y que, pese a ello, han logrado liberarse y perdonar.

DESDE EL ABISMO

«El perdón cae como lluvia suave desde el cielo a la tierra. Es dos veces bendito; bendice al que lo da y al que lo recibe».

William Shakespeare


Nunca pensé vivir más de setenta años. Desde que era niño he tenido una fantasía recurrente: sueño que camino por una vereda angosta, bajo la luz de la luna y que, de pronto, aparece frente a mí una mujer vestida de blanco, con largos cabellos plateados, que toma mi mano y me guía hasta un precipicio. Una vez allí, señala el abismo y después me empuja. Caigo.

Despierto bañado en un sudor frío. Respiro profundamente y enciendo la luz. Se ha repetido una y otra vez, durante toda mi vida. El martes próximo cumpliré setenta y dos años. Hace cuatro días visité a mi médico por una serie de dolencias que yo había atribuido a la edad. Mi relación con el dolor físico ha sido una mezcla de evasión constante y de resistencia permanente. Desde niño se me educó para no quejarme; para ocultar a los demás cualquier pena que me acongojara. El resultado es simple: los trastornos que he sufrido no han sido más que avisos de una enfermedad que crecía en mi cuerpo como una hiedra. Pero yo no lo sabía. Enemigo de los análisis y de los estudios médicos de rutina, he acudido a buscar ayuda demasiado tarde. El especialista me dijo que, en el mejor de los casos, me quedan tres meses de vida.

A mis setenta y dos años casi cumplidos es una noticia que no me importa mucho. ¿Qué si mis venas se han engrosado? ¿Qué si mi corazón ya casi no late? ¿Qué si mis piernas se hinchan sin mi autorización? ¿Qué si mi orina es muy concentrada? ¿Qué más da para alguien que ya ha vivido el tiempo suficiente? Porque hay ocasiones en las que el cuerpo me pesa y la muerte me resulta atractiva.

Volví de ver al médico; reproduje en mi mente su diagnóstico mortal y comencé a tener una visión retrospectiva de mi existencia. Estos días los he pasado sentado sobre mis recuerdos más añejos, con la mirada sumergida en mi pasado. Cuando ya te han avisado de que el futuro será corto, el pasado es un buen refugio en el que perderse. Por más doloroso que éste sea, reconforta toparse con momentos felices que habitan en nuestra memoria. Aunque sean pocos, son suficientes para dibujar una sonrisa en mi rostro ajado por las arrugas.

—¡Raúl! ¡No me hagas enojar! —gritaba doña Alma Moncada, mi señora madre, mientras me perseguía por el jardín con la palma de la mano abierta, lista para soltar el manazo sobre mi lomo. Parece que está haciéndolo ahora mismo. Al recordarla, vuelvo a sentir miedo.

Mi madre fue una mujer de pocas palabras, seca. Nacida en el seno de una familia de clase media, donde las mujeres tenían menos valor que los varones, creció llena de resentimiento hacia los hombres. El primer hijo de mi abuela Elena nació muerto, así que ella puso todas sus esperanzas en su segundo embarazo. Al término, nació mi madre, que la desilusionó porque, como era mujer, no pudo reemplazar al hijo muerto. El niño no llegaría hasta el cuarto embarazo. Mientras tanto, mi madre y sus dos hermanas, que la siguieron en orden de nacimiento, ya habían sido entrenadas para rendir pleitesía al macho que llegaba al hogar. Después del tío Moisés, ya no hubo más embarazos y doña Elena se dedicó a cuidar del hijo con devoción.

El abuelo Marco murió de pulmonía cuando mi madre había cumplido los quince años. Mi abuela y sus tres hijas se dedicaron a atender al tío Moisés; de este modo, lo convirtieron en una persona que no servía para nada, que no tenía oficio ni santo que lo iluminara. Al final lo mataron en un bar. Cuentan que por un lío de faldas; justo cuando faltaban dos meses para que cumpliera los treinta. Desde ese día la abuela permaneció encerrada en la casa que heredó del abuelo Marco. Después de recibir la noticia, se dedicó a encender velas y a rezar rosarios para que el alma de su inmaculado hijo llegara derechito al cielo.

No debe haber sido fácil para mi madre crecer entre los lamentos de mi abuela y las exigencias que cargó sobre sus hombros cada vez que le recordaba, y lo hacía sin descanso, que era la hija mayor y, por lo tanto, la responsable de lo que les sucediera a todos en esa familia. Servir de ejemplo a los demás es uno de los papeles más pesados e injustos que existen. Sus hermanas menores huyeron tan pronto como tuvieron oportunidad. La tía Paula se enamoró de un militar de origen costeño, quien se la llevó a vivir a miles de kilómetros del hogar; sólo una postal navideña nos recordaba su existencia. La tía Fernanda ingresó en una congregación de monjas del Sagrado Corazón y se hizo carne de convento. Murió de pulmonía cinco años después de haberse ido de casa. A la abuela le llegaron sus dos mudas de ropa y sus escapularios dentro de una caja de cartón, junto con algunas monedas. Mi madre se quedó a vivir con mi abuela aun después de que mi padre, el bueno de Felipe, la desposara. Mi padre era el tendero del pueblo. En las pocas ocasiones en las que platiqué con él de otras cosas que no fueran cuántos costales de harina había en la tienda, me llegó a confesar que una condición que mi madre le puso para casarse con él fue la de irse a vivir con ella a la casa de la abuela, porque no podía abandonarla a su suerte. Él aceptó y entonces crecí en la misma casa en la que lo hizo mi madre. Soy Raúl, el primogénito y, a fin de cuentas, el único hijo, pues mi hermana, Gabriela, que nació dos años después que yo, murió de tifoidea sin haber cumplido los tres años.

Taciturna, seca en palabras y en emociones; dura como una piedra. Así era mi madre. Para ella, ser buena madre era conocer el arte de darme un golpe en el momento preciso, antes de que me convirtiera en un inútil. Por las mañanas se despertaba enfadada y abandonaba su habitación gritando mi nombre, y si no respondía ipso facto, la tunda no se hacía esperar.

—¡Raúl! ¡Arriba, holgazán! ¡No me hagas enojar tan temprano! Nunca comprendí cómo podía molestarla si yo estaba dormido. Nunca entendí por qué me repetía una y otra vez que no la hiciera enojar si ella ya estaba enfadada desde antes de conocerme. Así era doña Alma. Fría, enojada con la vida, seca y dura como una piedra. Mi padre aprendió a vivir con ella y su eterno enfado. Supo quererla como era. Tanto la amó que siempre he estado convencido de que cuidaba cada uno de sus movimientos y palabras para no hacerla enojar. Por ejemplo, a mi madre no le gustaban las demostraciones físicas de afecto, así que mi padre terminó por acostumbrarse a abrazarme a escondidas para no molestarla. Me regalaba golosinas que yo ocultaba bajo mi cama y me recordaba siempre que me las comiera sin que mamá se diera cuenta. En alguna ocasión en la que me sorprendió comiendo dulces de coco a medianoche en mi recámara, le bastaron sólo tres segundos para arrebatármelos y jalarme la oreja con tanto coraje y fuerza que sentí que la desprendía de mi cabeza. «¡Nunca llegarás a viejo comiendo estas porquerías, Raúl!», me gritaba mientras tiraba las golosinas en el bote de basura. He de confesar que, a pesar de sus regaños, tengo casi setenta y dos años y nunca he dejado de comer dulces de coco.

Uno de los días más tristes de mi vida fue cuando murió mi padre. Las dos cajas de cigarrillos que fumaba cada día le pasaron factura y una angina de pecho lo mató. Yo tenía catorce años. Mi madre me dijo que los hombres no lloran. Me presenté en el funeral vestido con el único traje negro que tenía, con el semblante dolido, pero sin llorar. Tuve que irme después a llorar al monte, donde nadie me viera. Ella se puso de luto y cubrió su cabeza con una mantita de encaje negro. Y así vistió el resto de su vida. A veces creo que ese día ella se sintió importante, que el papel de viuda digna ha sido el que más le ha gustado interpretar. Tal vez por fin tenía un pretexto para mostrar ante todos su cara adusta y la frialdad de su mirada. Escondí mi dolor; evadí mi pena y me dediqué a trabajar en el negocio de mi padre. Ese día me despedí de mis tardes correteando por el campo con mi amigo Pepe, y de mis mañanas en escuela. Justo cuando terminó el novenario, mi madre me ordenó que abandonara los estudios y que me quedara a su lado a trabajar en la tienda.

El rumbo de mi patética historia lo cambió por completo don Anastasio, un proveedor de jabón que distribuía su producto a lo largo y ancho del país. Cada semana que llegaba a la tienda me contaba cosas del mundo exterior, de los cambios en la política, en la industria, y me mostraba fotografías de los lugares que visitaba. Me hacía soñar con un mundo diferente; anhelar una vida distinta. Don Anastasio fue quien me informó que yo era bueno con los números y que sin problema alguno podía conseguirme una plaza en la escuela nocturna de contabilidad. Cuando se lo comenté a mi madre, ella se puso furiosa y, como siempre, me advirtió que no la hiciera enojar, que dejara de pensar tonterías. Me dijo que un muchacho como yo estaba destinado a cuidar de ella y del patrimonio que nos había dejado mi padre. Pero no la escuché. Por primera vez, dejé de ser el hijo obediente y respetuoso que siempre había sido. 

A pesar de sus reproches, acepté la propuesta de don Anastasio y me metí a estudiar en la Escuela Nocturna de Contadores, una pequeña academia técnica mercantil modesta y de escaso prestigio, pero en aquellos años cualquier lugar de estudio era bueno para labrarse un futuro mejor. El carácter de mi madre se endureció todavía más. Dejó de hablarme y me ignoraba día y noche. Las únicas palabras que cruzaba con ella hacían referencia a las cuentas. Eso pasaba los sábados. El resto de la semana me dejaba el plato con comida sobre la mesa para que lo recalentara a mi conveniencia. Lo peor vino cuando terminé los estudios de contabilidad y uno de los profesores me ofreció trabajar en su despacho. Eso implicó contratar a un ayudante para la tienda y dejar que un extraño estuviera al cuidado de nuestro patrimonio. Mi madre se encerró en su pequeño mundo a honrar la memoria de mi padre entre velas y cristos. Salía temprano de casa para ir a misa y después se dedicaba a tejer mantillas de encaje detrás del mostrador de la tienda. Las vendía los domingos a la salida de la iglesia. Nunca me perdonó tener deseos de superación; nunca olvidó que yo hubiera elegido vivir mi propia vida.

Dicen que no te puede ir mal en todo, y ese fue mi caso. Pese a la penumbra que rodeaba mi relación familiar, llegó el éxito profesional. Me mudé a la capital y dejé a mi madre al cuidado de doña Catalina, una buena mujer que, por unos cuantos pesos, soportaba su mal carácter y sus gritos. Con el paso de los años, la tienda ya sólo generaba números rojos, así que decidí cerrarla. Otra osadía que mi madre no me perdonó, a pesar de que cada mes yo le enviaba el dinero suficiente para que pudiera vivir de manera holgada. Y eso hice hasta el último día de su vida.

Me fui a hacer la mía. Radiqué en la capital por unos años; después me fui a provincia y conocí a Lucía, quien me regaló treinta años de feliz matrimonio y dos hermosos hijos. Fui muy feliz al lado de mi familia. Ernesto, mi hijo mayor, estudió arquitectura y vive en el extranjero con su esposa, Sofía, y Samuel, mi nieto de ocho años. Silvia, mi princesa, estudió odontología y se casó con un médico cirujano. Viven en la capital y aún no me han dado nietos. Lucía murió de insuficiencia renal hace seis años. Yo siempre estuve sano. Nunca me he quejado de nada. Doña Alma me entrenó bien y aprendí a callar mis dolores y a esconder mis males. Siempre he tenido miedo de hacer enojar a los demás.

Hace veinte años que mi madre murió. Falleció un 15 de marzo. Pudo conocer a Lucía y a mis hijos, pero ni siquiera los nietos le ablandaron el corazón. Cuando mi familia y yo la visitábamos, se pasaba el rato regañando a mis hijos, advirtiéndoles que, si corrían por la casa, podían tirar sus velas y provocar un incendio. Permanecía callada, observando a mi esposa y a mis hijos, sin decir nada. A veces llegué a sospechar que le molestaba mi felicidad, que no perdonaría mi atrevimiento de vivir sin ella, ni a mí ni a las siguientes generaciones. La culpa me asediaba siempre. Me lamentaba por pensar así de ella. Me enseñaron que un hijo jamás debe juzgar a una madre, y cuando me sorprendía haciéndolo, me sentía el peor de los seres humanos.

Notaba que caía en un abismo de tristeza, soledad, amargura. Hace cuatro días, cuando el médico me dijo que me queda poco tiempo, me senté en mi sillón favorito y comencé a hacer una lista mental con los asuntos que había aplazado. Como buen tenedor de libros, llevo las cuentas al día, y mi testamento está en orden; no debo dinero a nadie, y a quien me debe, lo liberé de la deuda. Quiero irme en paz. Sentado en este sillón, esclavo de mi memoria, me he dado cuenta de que esa paz que necesito para irme no es posible porque moriré con algo inconcluso.

Cierro los ojos y me veo por esa vereda caminando. La luna ilumina el sendero. La mujer de largos cabellos plateados aparece y me empuja al abismo. Me doy cuenta de que moriré sin que mi madre me haya dicho una sola vez «te amo». Lloro. Respiro hondo. Despierto. Enciendo la luz. Ese abismo en el que me veo cayendo desde que soy un niño no es otra cosa que el vacío de cariño que siento. Puede parecer ridículo que a mis casi setenta y dos años esté aquí, como un niño, encogido en el sillón, suplicando que mi madre me diga que me ama. Puede parecer ridículo, pero es la verdad. Tal vez por eso soy un viejo cariñoso; un abuelo consentidor que regala dulces de coco a su nieto mientras lo mece sobre sus piernas. Tal vez por eso cada vez que hablo con mi Ernesto o con mi Silvia les digo cuánto los amo. Tal vez por eso fui un esposo fiel y amoroso. Tal vez por eso en el lecho de muerte de mi madre, no dejé de repetirle cuánto la quería, quizás esperando que ella respondiera «yo también». Pero nunca lo hizo. Y a mis impensables casi setenta y dos años, lo que más deseo es un «te amo» de doña Alma.

Como buen creyente, espero que mi madre me esté esperando en la otra vida, que me reciba entre sus brazos y me diga aquello que se le olvidó decirme antes de su muerte. La perdono. Lloro. Cierro los ojos y me veo caminando por una vereda iluminada por la luna. La mujer de largos cabellos plateados aparece, me toma de la mano y subimos juntos hacia la eternidad.

Tags relacionados
  1. libros