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Efectos personales

Especial Efectos personales

Marina Mariasch Américas /

Hachette Livre México

1

Hablar es perder siempre. A las nueve de la noche, como una tormenta que se larga de golpe, las personas salen a las ventanas, a los balcones, y aplauden. Es una costumbre que empezó en estos días para homenajear a los médicos que sostienen vivo al mundo. Pienso que también es un aplauso para nosotros mismos. Nos felicitamos con golpes de manos, un signo universal de celebración, algo tan ridículo como si tiráramos besos o repitiéramos una sílaba para manifestar que estamos contentos por lo que pasó tatatatatatatatata. Un día más en la tierra de edificios brotados de la locura automática. Buen día, esta es mi mesita de luz, esta es mi silla, mi taza, mi cama. Este es el piso donde tengo que pararme y caminar. Despertarse y reconocer lo que nos rodea es un trabajo diario.

Fue una noche blanca, estridente. Ese día de abril no me desperté porque no había dormido. A las 7 me bañé y llevé a los chicos a la escuela. Había clase abierta de música y la salita Conejos cantó una de Alfredo Zitarrosa. La voz grave del uruguayo se volvió un coro tímido de ardillas. Crece desde el pie, musiquita, decían con poquito aire, mientras la maestra marcaba los acordes con una guitarra criolla y movía los rulos de henna. Los chicos sacudían a destiempo cascabeles y toctocs como una orquesta dodecafónica. Desde el pie crece, crece la musiquita disfónica.

Salí a la calle aturdida y me tomé un taxi a la comisaría donde había pasado la noche. Tenía que ir a llevar los documentos para retirar el certificado de defunción y los objetos personales. Cuando llegué a la avenida San Juan, mi papá ya estaba saliendo con la cáscara de mi mamá colgada del brazo, su campera vacía. En la otra mano tenía un bolso negro. El bolso que mi mamá había preparado, quizás la mañana anterior, para registrarse en un hotel del centro. ¿Tendría pensado dormir, pasar la noche? No sé qué llevaba en el bolso, no parecía muy lleno. En el hotel escribió dos cartas, habló por teléfono con algunas personas, le deseó feliz cumpleaños a mi papá y conversaron un rato. Ahora mi papá caminaba rápido. Fuimos directo al auto. Una puerta se cerró de golpe y pensé que de ahí en más todo lo repentino me iba a dar miedo.

Había que pasar por la morgue para reconocer el cuerpo. En el camino mi papá nos metió a mi hermana y a mí en un taxi y dijo que él se encargaba. El taxi me dejó en mi casa. El velorio iba a empezar recién por la tarde. Cuando entré a casa, la alemana que alquilaba la habitación de huéspedes me preguntó si podía conseguirle otra pasta de dientes, la que le había dejado en el baño le picaba. Le dije que sí mientras escuchaba lo que ella decía como la música deforme que habían cantado los chicos en la escuela un rato antes, como un himno nazi. Aturdía.

En la cocina había una carta. No era de mi madre, era de Isabel. Isabel trabajaba en casa cuidando a los chicos desde que mi hija era bebé. A mi hija la quería mucho porque era blanquita y rubia, me decía. Yo la había ayudado con un aborto, con una moto para el novio, y con su hija. Ella me había soportado durante el divorcio y la mudanza. Más temprano, antes de llevar a los chicos al colegio, la abracé. Le conté lo que había pasado, le dije que no hacía falta que viniera al velorio, que era muy triste todo y que mejor se quedara con los chicos, que la iba a necesitar muchísimo.

Gracias por todo, decía en un pedazo de papel de cuaderno Rivadavia escrito en lápiz. Isabel me dejó ese mismo día. Al revés que antes, cuando todo me pareció estridente y punzante, esta vez entré en una habitación acolchada por una cadena de palabras que sonaban parecido: estupor, sopor, vapor, tambor, olor, temblor, calor, valor, color, amor, dolor, amargor, sabor, error, mejor, peor, rencor. Estaba confundida. Mi mamá se había tirado de la ventana, o de un balcón, nunca supe. Aplausos para semejante espectáculo. Aplausos para ella que se animó a tirarse. Aplausos para nosotros que nos animamos a seguir viviendo. Aplausos todos los días, a las 21 horas, en ventanas y balcones.

2

Un cuerpo que cae adopta la velocidad de una fruta. Fruta pasada. Después del entierro nos fuimos a comer a una parrilla. Era una esquina barata en Villa Crespo y armaron una mesa larga. Primero trajeron los chorizos y las morcillas, como siempre. Íbamos picoteando el pan y nos reíamos, la ropa elegante que teníamos puesta iba a quedar con olor a grasa. Me di cuenta de que el cuerpo de mi mamá estaba roto.

Hasta ese momento la había pensado divina, como siempre, maquillada, ofreciéndome un bocadito, ¿No querés darles algo de comer a los chicos? No había sido fácil el entierro, como muchas veces en las historias, en la historia. Fosas comunes, no poder ir, como ahora en pandemia, cementerios superpoblados, tumbas vacías. Ese día éramos una cantidad elemental de deudos. Nosotras habíamos llevado un grabador medio berreta para pasar «She's Leaving Home» mientras el cajón bajaba y el pizzicato de violín con el que empieza había salido en ralenti por las pilas gastadas. Otra vez la música deforme. She's leaving home, ba, baaaaaaai. El rabino rezó el kaddish y nos cortó la ropa. Era parte de la shivá.

Nos acompañó un sol pobre. Tuve la sensación de que ahora era rica. Iba a heredar. Además del incordio de la muerte había otros problemas que traía el hecho de que mamá se hubiera suicidado. La mutual israelita no nos dejaba enterrarla en el lote familiar. Matarse es pecado. La religión no permitía que la enterraran en el cementerio donde estaba mi abuelo. Hubo que negociar con las autoridades y al final nos dejaron enterrarla en un borde, junto al muro. En la antigüedad, a los suicidas se los enterraba en las encrucijadas del camino para que sus almas se perdieran. Nunca fueron bien recibidos.

Los rituales en el cementerio incluían volver a la entrada por un camino distinto al que se había tomado para llegar al lugar del entierro y lavarse y enjuagarse tres veces cada mano antes de salir. También, no volver directo a la casa. Después de la carne, que trajeron en tres braseros de mesa, pedimos flan con dulce. No nos importaba nada. Mi prima, que estaba de viaje y no había podido venir, me llamó y me dijo: ¡Qué tarada! No estaba preparada para escuchar algo así. Las sensaciones se abarrotaban pero no iban en una sola dirección.

Tarada no era lo que pensaba yo cuando los domingos a la mañana me acostaba panza abajo con la tapa de Sargent Pepper's entre las manos. Más bien pensaba por qué mi mamá tiene que ser tan fan del marrón, tan fanática del beige, me daba un poco de pena. Pensaba que mi papá debía estar secretamente enamorado de una mujer negro-naranja-violeta, una estridencia misteriosa y no de esa finlandia tenue que vi clara en la película Interiores.

Ahora no podía descifrar un sentimiento. No es como la muerte normal si hay algo de normal en la muerte. Nada del ciclo: negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Incluso dicho así ese proceso suena un tanto esquemático. Esto era: madeja, enjambre, locura, bronca, culpa, vergüenza, death metal, limbo, fiesta (tenía visitas todo el tiempo, las amigas se quedaban a dormir, pijama party), odio, asco, gusto a clavos oxidados.

No sentía tanta culpa por haberme peleado con ella la última vez que nos vimos el día de su cumpleaños, nos peleábamos siempre. Me daba culpa haber rogado que le pasara algo para que el chico al que había empezado a ver en esa época me prestara más atención. Él estaba muy ocupado porque su mejor amiga tenía a la mamá enferma y la acompañaba día y noche. Dios, ojalá me pasara algo así, pensé para adentro una tarde. Nadie lo supo nunca, pero pasó. Seba se portó como un duque. Vino al velorio, al entierro, se quedó a dormir en casa. Se mantuvo a una distancia prudencial. Unas semanas antes se lo había señalado a mi mamá desde la mesa de un bar. Me parece muy chico, dijo. Nunca nada le resultaba suficiente.

3

Caballito de cristal, antes era distinto. Antes de «lo de mi mamá». Le decimos así, es más corto, y evita la incomodidad. Una vez me encontré en un Pertutti con un chico que me había dado unos besos. Una noche, en su casa, con whisky, me había dicho que yo era suave como un queso y cuando me despidió en la boca del subte me pidió que todo quedara entre nosotros. Yo me sequé como una pasa. En el bar la tele estaba prendida fuerte con un partido y yo le conté lo de mi mamá. Te voy a pedir que no me hables de eso, me hace mal, me dijo. Le molestaba a él lo que me pasaba a mí.

Antes del confinamiento, mi tía me trajo de regalo un vaso de cristal finlandés tallado con caballitos. Era de mi mamá, reina del buen gusto según el mito familiar. Era en parte cierto, como todo mito. Fanática del queso y del crocante. Excelente imitadora de Zira en el Planeta de los Simios. Ojos de Judy Garland. Y de Geraldine Chaplin. Y de Juliette Binoche. Algo de Margot Hemingway y de Nora Cárpena. Susana Romero. Leonor Benedetto. Olga Zubarry. Queso con nuez, fanática. Tenía el aliento que queda cuando comés queso. Nunca supe por qué, era la persona con mejor higiene bucal que conocí. Se cepillaba los dientes varias veces al día, se pasaba hilo dental. Siempre tenía un arsenal de palillos importados que venían alineados como hermanos siameses y en la época en que se puso de moda en casa había water pik, un estimulador de encías con cuatro picos, uno de cada color. Una familia rubia, la tribu Brady, se estimulaba en simultáneo frente al espejo en una pantalla de televisión partida en cuatro. Pero en mi casa la única rubia era mi hermana y a eso de los once el rubio se le fue. Papá ya no vivía en casa. Era el aliento de la angustia.

Un caballito tallado en cristal, tic toc, cuánta fragilidad. Si se cae, se rompe. Antes de caer por su propio peso, por su propia voluntad, mamá dejó dos cartas. Una era para su novio. Habían sido novios cuatro años y se odiaban bastante. Una semana después de lo de mi mamá nos llamaron de la sede judicial. Se aprenden muchas cosas cuando te toca una muerte en la vía pública. La persona que deja de existir no tiene que ver solamente con vos, con tu ámbito privado. Es también alguien que antes que vos vio la policía, los de la ambulancia, la gente que pasaba por ahí, sobre todo si lo de esa persona fue en la vereda de un hotel del centro de la ciudad, un martes a las cuatro de la tarde.

Con mi hermana fuimos a la sede judicial donde nos iban a entregar las cartas, porque antes que nosotras habían llegado ellos y estaban investigando el caso. En la oficina abrieron una carpetita donde llegamos a distinguir al pasar la foto de mi mamá sobre el pavimento en posición de bebé. ¿Cómo están los bebés? Los bebés están muy bien pero casi siempre lloran y casi nunca están parados. También, casi siempre duermen. Salimos con dos sobres en la mano y nos agarramos de un árbol finito para vomitar en el cordón de la vereda. Teníamos los jugos gástricos hermanados. Fuimos al bar de la esquina y nos sentamos en un box.

Decidimos leer la carta que nos había dejado a nosotras más tarde, en una casa, con alguien cerca. Dábamos vueltas al sobre para el novio como a una carta de póker que no sabíamos si jugar. No sabíamos si leerla. Era una traición. Pero ¿a quién? El novio la había dejado unos días antes y había cancelado un viaje que tenían planeado. La leímos. No nos arrepentimos, nos alivió. Después lo llamamos a él, le dijimos que podía pasar a buscarla cuando quisiera. Nunca vino.


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