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Leche de silencio, de Socorro Venegas

Especial Leche de silencio, de Socorro Venegas

Socorro Venegas Américas /

El río de mis ancestras se quiebra conmigo. Tuerce por otro cauce. Sus relatos, todo lo que tienen que decirse Elia y mi abuela Ana, sobre todo lo que las mujeres se cuentan, se articula en una lengua que desconozco. Elia traduce conversaciones, a veces narra para sí misma episodios enteros en náhuatl. Yo espero, como toda mi vida he hecho, a que me diga qué significa lo que acaba de decir. Elia traduciéndose a sí misma. Qué natural ha sido, para las dos, que yo no comprenda su lengua. No guardo reminiscencia alguna en la que se haya propuesto enseñarme. No hay ese momento en que ella tomara una olla y me dijera: cómitl.

—Yonivala xinech tlahualti o xinech maga in no tlaxcalli es lo que mi padre le decía a mi mamá cuando le pedía de comer. Jamás los escuché decirse algo en español.

—¿Y tu abuela, la que murió durante un parto, también solo hablaba náhuatl?

—Ella no aprendió español.

Leo en voz alta para Elia un texto de Ruperta Bautista, poeta en lengua Bats'il K'o: "¿Quién está estereotipando qué es lo indígena? Recordemos que este concepto está impuesto desde lo externo, desde distintos pensares para designar al otro, que no pertenece a la cultura dominante, impuesto por aquel quien maneja y controla al 'subalterno'. ¿Qué estamos entendiendo por la palabra indígena?".

Elia asiente. Le pregunto si en su pueblo usan esa palabra para identificarse.

—Claro que no. Yo soy hija de Anita Márquez Tejeda y de don Gabriel Pérez… Soy de Hueyapan. Esas son sus pertenencias.

—¿Y tú? –me pregunta–, ahora que ya conoces, que me has oído, ¿te sientes indígena?

No esperaba el retorno de mi pregunta.

¿Ser indígena es algo que se puede decidir? ¿Hay un porcentaje de características a cumplir? ¿Puedo asumir una identidad de la que no sé la lengua? Suspiro.

—Tengo que pensarlo.

Me vienen a la mente esos políticos que reclaman una identidad originaria solo para alcanzar las cuotas de la corrección vigente y ocupar escaños. Su motivo para reconocerse indígenas es a cambio de algo que se superponga a la discriminación garantizada, una impostura lucrativa. Debe de valer la pena.

—Lo que me gustaría es que todo lo que me cuentas me lo dijeras en náhuatl y poder entenderlo. Hablarte aquí –me pongo la mano sobre el pecho.

Elia sonríe. Se le nublan los ojos.

Es algo común: niños cuyos padres quieren preservar cada uno un idioma. Elia y Ruperta aprehendieron el mundo, a la par, en dos lenguas. Lo que hace todo distinto es que sus lenguas maternas han sido condenadas a desaparecer y que su uso las racializa. Las hace vulnerables.

El mundo de Elia se tramó primero en náhuatl. Su yo más profundo quedó codificado en una lengua que se le exigió borrar.

***

El clima es más fresco en mi casa, en el norte de Cuernavaca, donde nos reunimos para alimentar estas páginas. Elia y mi padre viven hacia el centro, en el mismo departamento donde crecí; la recojo allí. Debido a la topografía de la ciudad, la gente suele decir que sube o baja según el rumbo que se siga.

Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, comienza con una larga descripción de la carretera que lleva a Quauhnáhuac, nombre nahua que significa "cerca de los árboles", el sitio que en la novela se convierte en inframundo. Desciendo para buscar a Elia y voy sintiendo el calor tremendo de la urbe que a pesar de las planchas de concreto conserva sus laureles de la India y los jardines cercados de las casas de fin de semana. A menudo recuerdo la crónica de viaje del poeta decimonónico Manuel Gutiérrez Nájera, que pasó por aquí: "¿Por qué has creado el infierno, Dios mío? ¿No habías creado Cuernavaca?".

Elia ocupa el asiento del copiloto, y mientras conduzco con los vidrios del coche abajo, comienza a enumerar a sus ocho hermanos. Es la tercera. Bonifacio y Rubén ya estaban. Y después de ella, Eliseo, Cheo. Un hiato en la sucesión la inquieta: si entre su nacimiento y el de Eliseo hay dos o tres años, ¿por qué su mamá no la amamantó más tiempo? No sé de qué lugar de la memoria viene el sentimiento de esa carencia, pero está segura de que se le quitó muy pronto la leche de su madre. Adelanta el cuerpo y reclama:

–¿Quién me quitó mi chichihualayotl a mí? La lechita de mi mamá.

Sonrío. Divido la palabra nahua para decir leche. Entiendo que por eso en México se le llama coloquialmente chichis a los senos de las mujeres.

Me pregunto si aquella joven madre, mi abuela, podía producir suficiente leche para tantos niños.

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