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El libro contra el balón: de la herejía de Borges a la religión de Galeano

Especial El libro contra el balón: de la herejía de Borges a la religión de Galeano

David Rocha Molina Américas /

La euforia que se vive en las calles tras el histórico tercer triunfo consecutivo de la Selección de México en la fase de grupos del Mundial 2026, frente a Chequia en el otrora Estadio Azteca, nos recuerda que el futbol es mucho más que veintidós personas corriendo tras una pelota. Es una mística colectiva que paraliza naciones, suspende la realidad y roza la adicción. 

Este fervor casi religioso nos invita a desenterrar los viejos debates de la literatura sobre este deporte

Mientras algunos intelectuales lo condenaron como la máxima herejía del intelecto, otros lo abrazaron como la única fe verdaderamente universal, una contradicción encarnada perfectamente en las visiones opuestas de dos grandes de las letras hispanas: Jorge Luis Borges y Eduardo Galeano.

Jorge Luis Borges, con su ironía afilada, llegó a sentenciar que el fútbol era popular porque la estupidez es popular, y que se trataba de una de las mayores taras de Inglaterra. 

Para el maestro argentino, la idea de que once hombres corriendo detrás de una esfera pudieran despertar pasiones colectivas era una excentricidad inexplicable, un espectáculo estético e intelectualmente nulo. Durante décadas, las letras y el balón habitaron planetas distintos: el primero era el templo de la alta cultura; el segundo, el ruidoso patio de recreo de las masas.

Sin embargo, algo cambió en el tránsito hacia el siglo XXI. La industria editorial, lejos de perecer ante el avance arrollador del mayor espectáculo del mundo, descubrió que el futbol no era su enemigo, sino un gigantesco generador de mitologías

El deporte rey dejó de ser visto como un opio alienante para ser entendido como la religión laica de nuestro tiempo, un fenómeno sociológico con sus propios santos, mártires, liturgias y herejías. En ese nuevo escenario, los libros encontraron su propio lugar en la cancha.

La consagración del césped en la página

La reconciliación entre las letras y el balón se firmó en América Latina. Quienes rompieron el bloqueo intelectual no fueron académicos solemnes, sino narradores fascinados por la condición humana

Roberto Fontanarrosa, desde su trinchera en Rosario, demostró que se podía hacer alta literatura sin bajarse del tablón. Relatos como "19 de septiembre de 1971", donde narra la épica absurda y conmovedora de un grupo de hinchas dispuestos a todo por ganar un clásico, convirtieron el fervor futbolístico en una materia tan noble para la ficción como los celos shakespearianos o los laberintos borgeanos. Fontanarrosa humanizó la pasión, despojándola del estigma de la brutalidad para dotarla de una entrañable poesía barrial.

Poco después, Eduardo Galeano publicaría una obra fundacional: El futbol a solas y a sombra. En sus páginas, el uruguayo se definió a sí mismo como un mendigo del buen balompié , un hombre que caminaba por el mundo con el sombrero en la mano, suplicando en los estadios por una linda jugada por amor de Dios. 

Galeano no solo analizó el juego, sino que denunció cómo el negocio empresarial intentaba asfixiar la alegría del juego espontáneo. Al hacerlo, devolvió al futbol su dignidad cultural, demostrando que en el diseño de una jugada colectiva reside la misma belleza estética que en una sinfonía o un poema vanguardista.

La literatura como el árbitro de la memoria

Hoy en día, la industria editorial ha comprendido que el libro posee un superpoder que la televisión y las redes sociales no pueden replicar: la capacidad de otorgar permanencia. Un partido de futbol es un torbellino de dopamina que se evapora a los noventa minutos; la crónica literaria, en cambio, es el registro que rescata esa emoción del olvido

Autores como Juan Villoro han consolidado este puente. En libros como Dios es redondo o Balón dividido, el escritor mexicano disecciona la psicología del aficionado y la arquitectura del juego, explicando que el futbol es el único espejo que nos permite regresar a la infancia dos veces por semana.

A este esfuerzo por rescatar la memoria emotiva se suma Eduardo Sacheri, quien ha hecho del deporte de las patadas el motor de sus ficciones más entrañables. En libros como El funcionamiento general del mundo o La vida que pensamos, el autor argentino utiliza la cancha de barrio como un microcosmos para hablar de la lealtad, la pérdida, la amistad y los lazos familiares. Para Sacheri, el futbol no es un simple pasatiempo, sino una educación sentimental, una patria compartida donde los personajes se juegan la vida en un terreno de juego de dimensiones humanas.

Desde Europa, esta sensibilidad encontró un eco formidable en la pluma de Javier Marías. El escritor español, madridista confeso, dedicó brillantes páginas a este deporte en obras como Salvajes y sentimentales. Marías se alejaba de la solemnidad para retratar el futbol como una de las pocas actividades humanas donde la infancia y la adultez conviven sin conflicto. En sus textos, el juego es un territorio de nostalgia pura, un recordatorio de que los adultos que gritan en la grada son los mismos niños que alguna vez soñaron con la gloria en un patio escolar.

Geopolítica y el nuevo ecosistema editorial

El potencial del fut para explicar el mundo también ha colonizado el periodismo literario y el ensayo geopolítico. Un referente ineludible es Ryszard Kapuściński con La guerra del futbol, una crónica que demuestra cómo un partido de eliminatoria mundialista entre Honduras y El Salvador en 1969 sirvió como detonante para un conflicto bélico real. La obra de Kapuściński evidencia que el balón está entrelazado con los hilos del poder, las crisis migratorias y las tensiones fronterizas, elevando el reportaje deportivo a la categoría de alta literatura periodística.

Esta expansión del fenómeno ha transformado por completo el mercado editorial. Ya no son solo los escritores profesionales quienes se acercan al césped; hoy en día, los propios directores técnicos, futbolistas y comentaristas se han convertido en autores de éxito. 

Desde las memorias tácticas de Pep Guardiola o los diarios de vestuario de veteranos del deporte, hasta los agudos análisis de analistas de televisión, estos libros logran cifras de ventas que envidiaría cualquier novelista premiado. 

El espectador moderno ya no se conforma con los noventa minutos de transmisión; busca el análisis de fondo, la intrahistoria y el testimonio directo, consolidando una tregua definitiva entre el papel y el balón. La vieja disputa ha terminado en un inesperado empate técnico: el futbol pone el mito y la literatura le otorga la inmortalidad.

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