Alberto Ruy Sánchez y los libros de poesía que arrebatan

Alberto Ruy Sánchez y los libros de poesía que arrebatan

Alberto Ruy Sánchez aprendió a leer en el desierto de Baja California, a donde llegó con su familia siguiendo el sueño de sus padres de tener un restaurante en zona árida: “Vivíamos en Villa Constitución, un pueblito en donde había pocos libros. Mi mamá me enseñó primero a leer la hora, luego las letras, y mi papá me enseñó a leer los signos que nos rodeaban: al llegar a la letrina, cruzando la carretera, seguíamos las huellas de los animales: supe leer qué cacas eran de venado, cuáles de conejo, liebre o borrego cimarrón, qué cactus habían estado chupando los venados. Por último, cuando la gente llegaba al restaurante, solía contar historias y eso me gustaba”.

Comenzó a escribir como parte de un juego familiar en el que cada integrante contaba su versión del mismo suceso que vivieron al unísono. “Amor por la dimensión de la literatura que encierra el placer de escuchar y de contar historias. Ése es el motivo principal por el que escribo”, dice sin dudarlo. Su padre hacía, entre muchos otros trabajos de ocasión, ilustraciones de libros para niños, en los años cincuenta. “Eso me daba placeres suplementarios: el placer del libro contado, el de las imágenes y el de la lectura”.

Para un escritor que ha publicado cuando menos 30 títulos, el libro es un fetiche. Es materia que te interpela.

“Descubrí muy pronto que dentro del libro está el poder de ejercer los sentidos con órganos que son propios de otros sentidos. Por ejemplo, tocar con los ojos. Recuerdo que nos bañaban en el patio con jícaras, cuando yo tenía unos cuatro años. La primera vez que vi cómo bañaban a la vecina, que era más o menos de mi edad, y cómo caía el agua por su espalda y sus nalgas, entendí que eso que estaba viviendo era algo que estaba leyendo. Que tenía la posibilidad de existir en palabras porque para que existiera en mi memoria como imagen, tenía que existir en palabras.”

Tras la huella de Anna Ajmátova

Novela collage, novela documental, expediente de hechos y rumores escritos, la nueva novela de Alberto se titula El expediente Anna Ajmátova, una exhaustiva búsqueda y posterior revelación sobre la vida de la poeta rusa Anna Ajmátova, a quien el régimen autoritario de Moscú torturó de la peor manera: dejándola vivir cuando a sus esposos y a su hijo los fueron matando lentamente, frente a sus ojos. Ahí, en la cárcel, ella tomó la decisión de escribir como pudiera lo que acontecía. “Encontró una manera de estar en el mundo gracias a su voz poética, a la literatura, que fue su sostén y la salvó cientos de veces. ¿Cómo encontró ella esa voz?”, se pregunta el creador de Mogador, una de las más completas y apasionantes ciudades creadas en la literatura mexicana.

“Para mí, la poesía es el origen de todo. Se cree que vino después de la prosa; yo pienso que primero se decía y escribía poesía y luego se convirtió en otra cosa, llegando a la prosa”, comparte mientras sus manos se dirigen a esa Torre de Babel que conforman sus libros de poesía favoritos de la era reciente. Los que más le arrebatan.

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