Mapa de la literatura latinoamericana: los mejores libros de 13 países
Leídos en el orden propuesto, trazan una conversación entre el archivo, la invención, el cuerpo y el territorio, adentrándose también en la violencia de Estado, el exilio impuesto y la vigilancia doméstica.
Elegimos 13 títulos publicados entre 2016 y 2023, uno por país, con un criterio: que cada obra condense algo del pulso narrativo de su lugar de origen en la década reciente.
No incluimos a las autoras más reconocidas de los últimos años, como Mariana Enriquez, Fernanda Melchor, Mónica Ojeda, Gioconda Belli o Samantha Schweblin, porque queremos presentar otras opciones, además de proponer un recorrido que no sigue un orden geográfico ni pretende decir quién escribe mejor, sino recomendar lecturas que dialogan entre sí, de libro a libro, de país a país.
Historias que se disfrazan de ensayo
Abrimos con México y con Yuri Herrera, autor que desde Señales que precederán al fin del mundo construyó una reputación de estilista económico, capaz de decir mucho en pocas páginas. La estación del pantano (Periférica, 2022) imagina los 18 meses que Benito Juárez pasó exiliado en Nueva Orleans, entre 1853 y 1855, antes de convertirse en presidente de México. Herrera no dispone de archivo que documente ese periodo y convierte esa ausencia en método: construye la novela con recortes de prensa de la época, mapas, fragmentos administrativos, y sigue a un Juárez que todavía no es el personaje histórico que se conoce, sino un hombre desplazado, observando una ciudad portuaria que huele a algodón, a esclavitud y a fiebre amarilla.
De México pasamos a Argentina con La luz negra (Anagrama, 2018), de María Gainza, ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2019 , crítica de arte de oficio que había ensayado ya el cruce entre narrativa y pintura en El nervio óptico. Aquí construye una trama sobre falsificadores del mundo del arte porteño de mediados del siglo XX, centrada en una mujer conocida como la Negra, que copiaba los lienzos de Mariette Lydis y cuya identidad real nunca terminó de confirmarse. La narradora, crítica de arte como la propia autora, advierte desde el principio que no ofrecerá certezas ni fechas verificables, y con ese gesto pone en cuestión la distancia entre biografía, rumor y ficción.
Esa misma pregunta (qué separa el documento de la invención) atraviesa Peregrino transparente (Periférica, 2023), del colombiano Juan Cárdenas, incluido entre los finalistas del Premio Nacional de Novela de Colombia. Cárdenas parte de un crítico de arte, Price, para tender un puente entre la descripción pictórica y la construcción de la realidad, en una prosa que mezcla ensayo, crónica de viaje y humor negro.
Chile cierra este primer tramo con Un verdor terrible (Anagrama, 2020), de Benjamín Labatut, finalista del International Booker Prize 2021. El libro reconstruye episodios de la historia de la física y la química del siglo XX en la frontera entre biografía documentada e invención literaria. Labatut no distingue tipográficamente dónde termina el archivo y empieza la imaginación, y esa indistinción es, precisamente, el asunto del libro: la ciencia como territorio donde la razón colinda con el delirio.
El cuerpo como territorio
Perú entra al mapa con Huaco retrato (Random House, 2021), con la que Gabriela Wiener consolida su impacto internacional al posicionar el libro como finalista del National Book Award 2024 y del PEN Translation Prize en su edición en inglés. La novela arranca con la figura histórica de su tatarabuelo, el antropólogo austríaco Charles Wiener, conocido por el expolio de piezas prehispánicas que terminaron en museos de Francia. A partir de este eje, la autora construye un relato donde cruza la investigación histórica con las dinámicas de su propia familia, el poliamor y el racismo internalizado, transformando su propia experiencia corporal en el escenario donde se cuestionan las herencias coloniales.
De Uruguay llega Mugre rosa (Random House, 2020), de Fernanda Trías, premio Bartolomé Hidalgo. En una ciudad costera afectada por una plaga que vuelve el aire irrespirable y la carne tóxica, una mujer cuida de su hijo y de su exmarido enfermo. Fernanda escribió el libro antes de la pandemia de Covid-19, lo que le dio, tras su publicación, una lectura casi profética que la crítica internacional no dejó de señalar.
Ecuador aporta Nuestra piel muerta (Candaya, 2019), de Natalia García Freire. En sus páginas conocemos a un hombre que regresa a la casa donde murió su padre y encuentra un territorio en descomposición: el cuerpo paterno, la vivienda, la tierra misma, todo se pudre al mismo ritmo. La autora trabaja el gótico rural andino con una prosa que privilegia la sensación física por encima de la explicación.
Padres, guerra y herencia
Guatemala entra con Canción (Libros del Asteroide, 2021), de Eduardo Halfon, autor cuya obra construye, libro a libro, una autobiografía fragmentada de una familia judía llegada de Líbano a Centroamérica. En esta entrega, Halfon reconstruye el secuestro de su abuelo por parte de la guerrilla guatemalteca en plena guerra civil. Como no hay datos fidedignos, cada versión del hecho contradice a la anterior sin que el narrador se proponga resolver la contradicción.
Ese mismo cruce entre padre, violencia de Estado y cuerpo aparece, con otro clima, en Hecho en Saturno (Periférica, 2018), de la dominicana Rita Indiana. Argenis, hijo de un médico vinculado al aparato represivo dominicano, es enviado por su padre a un programa de rehabilitación en Cuba tras una sobredosis. Se trata de una novela sobre la herencia de la violencia política transmitida de generación en generación, atravesada por el deseo, la pintura y una isla que funciona como espejo distorsionado de la propia República Dominicana.
Países que expulsan a sus escritores
De Venezuela llega La hija de la española (Lumen, 2019), de Karina Sainz Borgo, traducida a más de 25 idiomas. La novela sigue a Adelaida Falcón, quien, tras enterrar a su madre en un Caracas sin comida ni electricidad, adopta la identidad de una vecina fallecida para escapar del país. El libro no explica la crisis venezolana: la muestra en la logística cotidiana de sobrevivir, hacer una fila, cruzar una frontera con documentos ajenos.
Representando a Nicaragua tenemos Tongolele no sabía bailar (Alfaguara, 2021), de Sergio Ramírez, Premio Alfaguara de Novela ese mismo año. La novela cierra una trilogía policial protagonizada por el inspector Dolores Morales y transcurre durante la represión de las protestas de 2018 en Managua. Su publicación llevó al gobierno de Daniel Ortega a prohibir la obra de Ramírez en Nicaragua y a despojarlo de la nacionalidad, de modo que el libro terminó por convertirse, fuera de la ficción, en la causa de su propio exilio.
Últimas paradas: mito y control
Bolivia cierra el tramo centroamericano y caribeño con Tierra fresca de su tumba (Candaya, 2021), de Giovanna Rivero. El libro reúne seis relatos que parten de un hecho real, una serie de violaciones ocurridas en una colonia menonita boliviana, para tender líneas hacia el género gótico, la ciencia ficción y el ritual precolombino. Rivero trabaja con personajes migrantes (bolivianos en México, Canadá o Estados Unidos, menonitas y japoneses instalados en Bolivia) y convierte el desplazamiento en la lógica misma del libro.
Acabamos en Cuba con Domingo de Revolución (Anagrama, 2016), de Wendy Guerra. Cleo, hija de una escritora perseguida por el régimen, que se vincula con un artista alemán invitado a la isla, se enfrenta a los mecanismos de vigilancia que rodean a cualquier intercambio cultural en Cuba. Guerra, que ha escrito buena parte de su obra en La Habana, documenta el modo en que el aparato cultural del Estado controla, autoriza y vigila la circulación del arte, sobre todo cuando ese arte pretende ser una crítica.