Yuliana Ortiz Ruano y su novela para entender la memoria ecuatoriana
La escritora ecuatoriana habla sobre "Fiebre de carnaval", una novela que explora la memoria de su país, la dolarización, la migración y los vínculos comunitarios con la mirada de una niña.
En Fiebre de carnaval, la escritora ecuatoriana Yuliana Ortiz Ruano reconstruye un momento decisivo en la historia de su país: la dolarización de 1999 en Ecuador y las transformaciones sociales que provocó. A través de la memoria de una niña de ocho años, la novela se sumerge en las profundidades de la migración, el lenguaje, la ausencia familiar y las formas comunitarias de cuidado.
En esta entrevista con Librotea, la autora habla sobre la construcción de esta historia, la musicalidad de su escritura, la intimidad de las lenguas y los libros que recomienda para acercarse a otras formas de narrar América Latina.
Video: entrevista con Yuliana Ortiz Ruano
Una voz de la literatura ecuatoriana contemporánea
Licenciada en Literatura con mención en Artes y Escritura, Yuliana Ortiz Ruano nació en Esmeraldas, Ecuador, y se ha dedicado a la docencia. Ha publicado los poemarios Canciones desde el fin del mundo y Cuaderno del imposible retorno a Pangea. Además, fue seleccionada en Translator Choice II, del Festival de Literatura Latinoamericana LATINALE, organizado por el Instituto Cervantes de Berlín.
Su primera novela, Fiebre de carnaval, ganó en 2023 el premio IESS Primo Romanzo Latinoamericano, en Italia. Ese mismo año obtuvo el Programa Internacional de Escritores en Residencia de Granada.
Yuliana, en Fiebre de carnaval narras un momento decisivo en la historia de Ecuador. ¿Qué encontrarán los lectores en esta novela?
En Fiebre de carnaval van a encontrar la historia de un momento de transición política e histórica en Ecuador: el proceso de dolarización. En 1999 perdimos nuestra moneda y pasamos a tener dólares estadunidenses; eso aceleró la vida de una manera drástica.
Aquí vamos a acceder a esta historia a través de la memoria de una niña de ocho años. A priori, en la obra no vas a poder entender qué está pasando, pero puedes ir viendo el rastro de esa aceleración y de esa transformación que cambió la historia de mi país para siempre.
¿Cómo fue construir esta historia con el carnaval como telón de fondo?
Para mí era importante dar cuenta de cómo la fiesta, el encuentro festivo en la calle que tiene que ver con el carnaval, con la murga, con el espacio del desfile, pero también con las fiestas en la calle, la comida que se hace de manera comunal y el juego de agua, de tirarse agua, fue un espacio muy importante para la reconstrucción del tejido social en ese momento de transición y de migración forzada.
La gente tuvo que irse a vivir a España, a Estados Unidos. En algún punto había más ecuatorianas y ecuatorianos fuera de Ecuador que dentro del país y eso marcó mucho las ausencias.
La fiesta, el carnaval, para mí fue un momento importante que hizo que nos cohesionáramos a pesar de esas ausencias y del aumento del coste de la vida.
¿Cómo es la niña protagonista de la novela?
Ella es una niña que tiene que, de alguna manera, entender el cambio social que está atravesando su familia, porque, con la llegada del dólar, ya no había forma de que algún miembro de la familia no trabajase.
Empezaron a trabajar más mujeres y más hombres desde muy temprana edad, porque el coste de vida era muy alto. En esa ausencia de la casa, que primero estaba poblada de gente que la acompañaba y después la dejaba un poco más sola, encuentra en el patio un espacio de ludicidad para construir su propio ethos en el juego y también en la experimentación con la naturaleza.
A mí me gusta dar cuenta de que, cuando no tenemos las herramientas para nombrar el mundo que nos rodea, buscamos la forma de hacernos con él.
A través del tacto, de trepar un árbol, de comer una fruta, de describir las sensaciones que vamos teniendo, intentamos reagrupar estas nociones del mundo en el que habitamos, pero que a veces puede ser opaco para las niñas, porque no les cuentan qué está pasando realmente en el mundo.
El lenguaje de la novela tiene un lenguaje particular. ¿Cómo trabajaste esa forma de hablar y de estructurar la narración?
Es un lenguaje que tiene que ver con una lengua particular, que yo diría que no existe más, porque fue una lengua de transición entre la dolarización, el mundo de los aparatos tecnológicos más sofisticados y lo que todavía quedaba de los noventa.
En la en la actualidad, en la lengua del ecuatoriano del norte, de Esmeraldas, hay una inmersión mucho más de palabras en inglés, qué tiene que ver también con la colonización de la moneda, porque no es casual que tengamos una moneda diversa y que la lengua empiece también a tener una una especie de deseo o de aspiración donde empiezan a aparecer otros idiomas.
Esa lengua estaba acelerándose y cambiando por completo, y yo quería dar cuenta de ese proceso de transición. También me interesa, a la hora de escribir, dar cuenta de la multiplicidad del lenguaje.
Es imposible pensar en una historia contextualizada, en una intimidad, sin reconocer que no hay una lengua neutral posible en ella, me parece a mí.
La neutralidad en la intimidad no existe. Lo que estoy haciendo ahora, por ejemplo, es neutralizar un poco mi lengua para hablar contigo y que la comunicación sea fluida. Eso no va a existir en mi intimidad con mi familia o con mis amigos de mi misma comunidad.
Yo quería que los lectores y las lectoras entraran en la casa de Ainhoa y accedieran a esa intimidad de la lengua. Es una lengua que ni siquiera pertenece a toda la comunidad, porque tenemos lenguas en cada espacio íntimo que habitamos. Es la lengua de ese espacio y de ese momento.
La escritura como un estado mental
Es una novela envolvente y musical. ¿Cómo trabajaste esa dimensión sonora?
Creo que lo que pasó con Fiebre de carnaval tiene que ver con un estado de conciencia que no se puede repetir muchas veces. También me interesaba escribir pensando en qué puede una novela, qué puede el formato de novela, qué puede hacer la ficción cuando trabajamos con una voz muy lejana a la nuestra.
A pesar de que es una niña que viene de mi misma cultura y con la que compartimos cosas, no soy yo ni es un recuerdo de mi infancia, para nada. En ese sentido, hay un ejercicio ficcional radical, a pesar de que se trate de una geografía afectiva que he recorrido.
Me gusta la posibilidad de pensar que la escritura, aunque también es planificación, es un estado mental de un determinado momento.
La musicalidad también es parte de ese ejercicio de la intimidad: qué suena y qué reverbera en los espacios donde estamos haciendo la vida posible.
La familia de esa zona del país es central en la novela. ¿Siguen existiendo vínculos así en todo Ecuador?
Creo que depende de la zona, del espacio y, sobre todo, de la clase social. En mi caso, el barrio donde narro la historia es un barrio de clase trabajadora, donde mucha gente tenía que salir a trabajar y también mucha gente migró.
Eso hace que la familia sea extendida y que haya una forma de cuidado repartido entre las tías, las primas, las vecinas y los vecinos.
En la casa de mi abuela era muy común, durante esos años, que hubiera niños que se quedaban solos y venían un tiempo a estar con ella. No eran familiares de sangre, pero los acogíamos hasta que alguien pudiera hacerse cargo de ellos.
Esa es la forma en la que creo que se sigue tejiendo la vida en los lugares donde la familia nuclear no está tan presente o donde, si existe, sus integrantes tienen que desplazarse para trabajar. Entonces, otras personas se hacen cargo del cuidado y hacen posible el desarrollo de esas vidas.
¿Puedes mostrar algo nuevo en el mundo literario mexicano?
Ojalá que sí, que les pueda abrir alguna puerta, porque tengo mucho temor de hablar de representación. Creo que mi novela no representa a Ecuador ni tampoco a la zona, sino a una intimidad determinada en un momento histórico que marcó un antes y un después radical para nosotras.
Creo que, en este momento, para cualquier autor de habla hispana es muy importante estar en México.
Lo que ustedes están haciendo con la literatura, con los espacios que están tejiendo acá, es algo envidiable desde otros países, al menos de habla hispana, por lo que yo veo. Además, me he sentido muy acogida y querida en estos espacios. La gente es muy cariñosa y eso también es algo que se valora bastante.
Siento un enorme agradecimiento y, sobre todo, me parece que es un gran privilegio poder estar aquí y traer algo de lo que escribo a México.
Hablemos de tu poesía y de lo que viene en México para ti.
Tengo tres libros de poesía anteriores a Fiebre de carnaval y creo que pronto, tal vez el próximo año, a principios de año o por marzo, saldrá otro con la editorial Concreto, que tiene su sede en Argentina, pero también está teniendo presencia en México. Espero que pronto pueda llegar acá también.
¿Qué lee Yuliana Ortiz Ruano? Escritoras imborrables
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La Santita, de Mafe Moscoso, una escritora ecuatoriana que vive en Barcelona. Este libro de cuentos es muy conmovedor: especula mucho con las praxis y las prácticas de las comunidades indígenas de la costa y de la sierra. Estas se muestran de una manera bastante jocosa, pero también desde un lugar de creación de sentido y estética.<br><br>También aborda los ritos de los mundos de los vivos y los muertos, que no están separados, así como la forma en que la extracción de petróleo causó un cambio radical en la idea de lo sagrado y de lo que no es sagrado en las comunidades de la costa.<br><br>Creo que este libro no hay que perdérselo y, además, es un viaje muy interesante por los bordes de Ecuador.
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Este libro es de Octavia Butler. Me encanta que la hayan traducido al español y que lo haya publicado la editorial Consonni. Es un libro de cuentos de ficción especulativa.<br><br>Octavia Butler se adelantó a muchas cosas que pasaron durante la pandemia. Creo que también por eso, durante ese periodo, la tradujeron y volvió a estar en la conversación pública.<br><br>Uno de mis cuentos preferidos es justamente el que da nombre al libro, en el que se reflexiona en torno a la maternidad, pero desde un lugar bastante peculiar. Creo que hay que leerlo.
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Recomiendo este libro Mónica Ojeda y se llama Las voladoras. Es un libro de cuentos en el que explora varios mitos de los Andes ecuatorianos para convertirlos en espacios de ficción, una ficción un poco de terror. Pero el terror no está solamente en los monstruos que inventamos, sino también en las estructuras en las que estamos inmersas.<br><br>Ella hace mucho eso y a mí me gusta mucho. Lo recomiendo.
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Y este libro es de Elaine Vilar Madruga, muy conocida por su obra narrativa aquí en México, lo sé, pero también es una gran poeta. Yo la conocí primero como poeta, hace unos diez años, cuando teníamos un blog de poesía. Este libro es un poemario magnífico en el que, otra vez, reflexiona en torno a la maternidad desde un lugar mucho más complejo, mucho más médico, por decirlo así.