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Más allá del superhéroe: el auge de la novela gráfica mexicana

Especial Más allá del superhéroe: el auge de la novela gráfica mexicana

Nina Schleich Américas /

Durante años, las historias ilustradas ocuparon un lugar secundario en las mesas de novedades. Hoy, las librerías le abren espacios centrales y los lectores responden. La novela gráfica nacional atraviesa un momento de expansión que combina talento joven, reconocimiento institucional y una industria editorial dispuesta a apostar por el formato.

Un siglo de viñetas: del origen a la resistencia independiente

La historia del cómic y las historias gráficas en México tiene más de cien años. Investigadores como Laura Hernández Nieto sitúan el origen en publicaciones de finales del siglo XIX, con títulos como Rosa y Federico, que combinaba ilustraciones con textos al pie que explicaban la acción.

La narrativa gráfica moderna tomó forma en las primeras décadas del siglo XX. Publicaciones como Don Catarino y su apreciable familia (1921), de José Elías, retrataban lo mexicano con humor y costumbrismo a través de las aventuras de un tendero de barrio. Le siguieron Mamerto y sus conocencias (1927), que narraba las peripecias de un campesino recién llegado a la ciudad, y Chupamirto (1927), de Jesús Acosta, protagonizada por un indígena que enfrentaba con picardía las injusticias de la vida urbana. Estas series sentaron las bases de un lenguaje visual y narrativo que conectaría con millones de lectores en las décadas siguientes.

En 1934, Francisco Sayrols fundó Paquín, revista que reunía varias historietas. Dos años después llegaron Pepín y Chamaco. La historieta se convirtió en una de las grandes industrias culturales del país, junto al cine y la radio.

La época de oro trajo títulos que marcaron el imaginario popular. Yolanda Vargas Dulché y Sixto Valencia crearon Memín Pinguín en 1945. Gabriel Vargas publicó La Familia Burrón en 1948. A mediados de los cincuenta, autores como José G. Cruz y Yolanda Vargas Dulché se independizaron y fundaron sus propias editoriales.

La televisión desplazó a la historieta durante los sesenta y setenta. Para los ochenta, los creadores que sostenían el negocio se retiraron. La crisis económica, los videojuegos y el auge de discos y películas importados redujeron el espacio del cómic mexicano. 

En los noventa, las grandes producciones desaparecieron, pero cobró fuerza el cómic de autor. Como señala Carolina González Alvarado, investigadora de narrativa gráfica, no se puede hablar hoy de una industria en el sentido tradicional, pero tampoco de que la historieta mexicana haya muerto.

Con el auge que ha cobrado la narrativa gráfica en los últimos años, el 2025 confirmó que el cómic y la novela gráfica mexicana goza de una buena salud. La escena actual combina trayectorias sólidas con nuevas voces que han sido impulsadas por concursos, colectivos y editoriales que ya pusieron la mira en el trabajo que se está haciendo.

Producción mexicana

La diversidad temática y formal de la novela gráfica mexicana contemporánea puede rastrearse a través de obras que han marcado la última década. 

La ciencia ficción distópica ha encontrado en autores como HG Santarriaga y Bernardo Fernández Bef, dos de sus exponentes más lúcidos. Santarriaga, con H3rmanos, sitúa una historia de fraternidad en un futuro lejano donde la Ciudad de México se transforma en escenario ciberpunk. La colaboración entre el mismo autor y Nostromo se extiende a Coda: la bailarina, el hipopótamo y el muro, una obra que incorpora ciberterrorismo, drogas sintéticas y hasta quesadillas gigantes en una urbe distópica reconocible. 

Por su parte, Bef, uno de los nombres centrales de la narrativa gráfica nacional, ha construido una obra que transita entre la ciencia ficción y temas diversos que, de una manera u otra, ayudan a entender al sistema en el que vivimos.

La mirada biográfica y la recuperación de figuras centrales de la cultura mexicana también ha dado frutos notables. Dama Iguana, con texto de Isabel Quintero e ilustraciones de Zeke Peña, narra a través de imágenes el recorrido vital de Graciela Iturbide, una de las fotógrafas más relevantes del país en las últimas cinco décadas. 

La tradición literaria mexicana ha sido revisitada desde el lenguaje gráfico. Por ejemplo, Augusto Mora publicó Tiempos muertos, una obra que entrelaza amor, violencia y mitos antiguos con un estilo gráfico de factura impecable.

La renovación generacional encuentra un ejemplo destacado en Tormenta de mayo, de Pau Márquez, que al ganar el Premio Nacional de Novela Gráfica Joven en 2019 demostró el interés de las instituciones por impulsar nuevas voces. 

Cada convocatoria del Premio Pura Pinche Fortaleza, cada nueva entrega del Almanaque de Narrativa Gráfica Mexicana, cada autor que se lanza a publicar su primer webcómic o financia su obra en Kickstarter representa una promesa de que la próxima gran historia puede estar gestándose en estos momentos. 

La novela gráfica y el cómic mexicano están en expansión. Sus lectores crecen, sus espacios se multiplican, sus historias se diversifican. Queda por delante la parte más gratificante: explorar, compartir, disfrutar lo nuevo y también lo que abrió la brecha hace un siglo.


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