Especial Voces que iluminan el caos: la literatura en conflictos sociales
En los momentos más oscuros de la historia humana, cuando la violencia, la injusticia y la confusión parecen apoderarse de todo, existe un refugio que trasciende las trincheras y las ideologías: la literatura. No como un mero entretenimiento, sino como un instrumento de comprensión, un mapa para navegar por el desconcierto y, en última instancia, una herramienta para la reflexión que podría mejorar el panorama actual, tan lleno de conflictos sociales.
A lo largo de los siglos, el caos generado por la política y la economía —tanto globales como locales— han encontrado en los libros un diálogo profundo con la condición humana. Esta es la historia de cómo las palabras escritas nos ayudan a entender el momento que vivimos y, quizás, a transformarlo.
El espejo histórico
La literatura siempre ha sido un testigo lúcido de las convulsiones sociales. Durante la Primera Guerra Mundial, obras como Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, no solo describían las trincheras, sino que humanizaban al "enemigo" y cuestionaban la narrativa heroica de la guerra, ayudando a una generación traumatizada a procesar su horror.
En América Latina, durante las dictaduras de los años setenta y ochenta, autores como Rodolfo Walsh en Operación Masacre o Eduardo Galeano con Las venas abiertas de América Latina proporcionaron un contrarrelato indispensable frente a la censura oficial, ofreciendo un marco para entender la opresión y la resistencia.
A nivel local, los libros han servido para dar voz a los sin voz. En el conflicto armado colombiano, La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, o El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, articularon el dolor de una sociedad fragmentada, invitando a una reflexión más allá de los titulares. Estos textos se convirtieron en espacios seguros donde explorar las complejidades morales, históricas y emocionales de realidades que parecían inabarcables.
La literatura, en estos contextos, cumple una triple función: documental (registrando lo que el poder quiere borrar), interpretativa (dando sentido a los eventos desde una perspectiva humana) y catártica (permitiendo a individuos y comunidades procesar el trauma colectivo). No ofrece soluciones fáciles, sino algo más valioso: profundidad.
2026, un mundo en ebullición
El panorama global de 2026 estará marcado por una inestabilidad persistente: tensiones geopolíticas sin una guerra total, pero con alto riesgo de escaladas accidentales, conflictos enquistados y un deterioro del orden multilateral. Ucrania, Gaza y Taiwán seguirán siendo focos críticos, impulsados por líderes dispuestos a llevar la confrontación al límite para conservar poder.
Donald Trump amenza con intervenciones en América Latina, África y Medio Oriente. En paralelo, la guerra en Ucrania corre el riesgo de eternizarse con una negociación cada vez más desfavorable para Kiev. En Medio Oriente, el futuro de Gaza dependerá tanto del desenlace militar como de las elecciones en Israel, mientras Irán enfrenta protestas inéditas que desafían a la teocracia.
Los libros siguen permitiendo leer las tensiones globales más allá de la lógica clásica de la guerra abierta, ayudando a comprender un escenario marcado por rivalidades persistentes, conflictos congelados y un orden internacional en desgaste.
Obras como ¿Guerra o paz?, de José María Beneyto, han ofrecido marcos analíticos para interpretar cómo la competencia entre grandes potencias, el debilitamiento del multilateralismo y la erosión de los mecanismos diplomáticos iban configurando un mundo más inestable, donde la disuasión, la presión económica y la confrontación política reemplazan muchas veces al enfrentamiento militar directo.
En el análisis de conflictos concretos, La guerra Ucrania IV, de Beatriz Cózar y Gonzalo M. Vallejo, y El mundo tal y como es, de Ben Rhodes, son clave para entender la dimensión estructural y política de las crisis contemporáneas.
El primero permite situar la guerra en Ucrania como el resultado de procesos acumulativos —expansión de alianzas, disputas de seguridad y narrativas nacionales enfrentadas— más que como un estallido aislado. El libro de Rhodes, en tanto, ayuda a interpretar cómo las decisiones de la política exterior estadunidense, especialmente durante la era Trump, contribuyeron a tensar alianzas tradicionales y a acelerar la fragmentación del orden liberal, con efectos visibles en Medio Oriente, Europa del Este y Asia-Pacífico.
A fin de cuentas, leer es también una forma de resistencia y rebeldía. Los libros no detienen guerras ni firman tratados, pero ofrecen algo igual de necesario: contexto, memoria y empatía. Nos recuerdan que detrás de cada decisión estratégica hay sociedades enteras pagando el costo, y que ningún conflicto puede comprenderse —y mucho menos resolverse— sin atender a sus capas históricas, culturales y humanas.
Quizás ahí resida hoy el valor más urgente de la literatura: no en predecir el futuro ni en dictar soluciones, sino en entrenar la mirada para no aceptar el caos como destino. En tiempos de incertidumbre global, leer es, por si faltaban más razones para hacerlo, una forma de recuperar el pensamiento crítico, de reconstruir sentido allí donde abunda el ruido y, tal vez, de imaginar caminos distintos cuando la realidad parece cerrarse sobre sí misma.