Federico Cecchetti: cine y libros sobre Artaud y la Sierra Tarahumara
El cineasta mexicano conversa sobre la adaptación al cine de Antonin Artaud, el diálogo con la cosmovisión rarámuri y las lecturas que han transformado su mirada artística.
Llevar a la pantalla grande los textos de uno de los poetas más radicales del siglo XX es un ejercicio de transmutación artística. En su segundo largometraje, Jíkuri: viaje al país de los Tarahumaras, el cineasta mexicano Federico Cecchetti emprende un viaje físico y espiritual tras las huellas que Antonin Artaud dejó en la Sierra Tarahumara durante los años treinta.
Con una filmografía atenta a las iniciaciones chamánicas y los saberes ancestrales (como ya demostró en El sueño del Mara’akame), Cecchetti no solo traduce el pensamiento estético de Artaud a un lenguaje audiovisual hipnótico, sino que le da un vuelco a la narrativa al confrontar la mirada eurocéntrica del poeta con la profunda cosmovisión rarámuri.
En esta conversación, el director detalla los retos de filmar en geografías extremas, la experiencia de encontrar al actor indicado para encarnar la locura y el genio, y cómo el cine se convierte en un ritual de invocación.
Video: entrevista con Federico Cecchetti
Antonin Artaud y la cosmovisión rarámuri
La génesis de Jíkuri nace de una fascinación por la travesía que el poeta, actor y dramaturgo francés realizó a México en busca de una vanguardia artística conectada con lo sagrado. "Jíkuri nos narra el viaje que hizo el poeta surrealista Antonin Artaud a México en los años 30. A él se le ocurre viajar porque quiere encontrar el origen de un nuevo arte que está conceptualizando y está directamente vinculado a los rituales de las culturas originarias. Entonces, viaja a la Sierra Tarahumara con el interés especial de practicar la danza del jíkuri, que es el peyote", explica Federico Cecchetti sobre el punto de partida de la obra.
El testimonio escrito de aquella travesía quedó plasmado en una compilación tan fascinante como fragmentada: "El libro está partido en dos, podríamos decir, porque la primera parte la escribe prácticamente cuando está en la Sierra y es una experiencia maravillosa, idílica, mágica. La segunda parte la escribe cuando fue recluido en un manicomio al regresar a Francia. La obra mezcla estas dos etapas de un viaje que son completamente contradictorias".
Sin embargo, la intención de Cecchetti no era únicamente rendir homenaje a los ensayos del escritor francés, sino cuestionar la perspectiva con la que el viajero occidental se aproximó al mundo rarámuri.
"Hice una adaptación de los ensayos donde deja entrever un poquito de su vida y de lo que vivió ahí. Pero justo lo que quise hacer es darle la vuelta: mostrar cómo vivieron los tarahumaras o rarámuris la llegada de Artaud. Para esto creé un personaje que se llama Rayenari y que es un corredor; la historia trata de cómo Rayenari encuentra a Artaud y es Artaud quien lleva a Rayenari a su destino", señala el realizador.
Adaptar ensayos a un lenguaje cinematográfico supuso un desafío conceptual que requirió años de investigación etnográfica y teórica. "El primer reto fue traducir ensayos a un material cinematográfico. El segundo reto fue profundizar en la cultura rarámuri, hacer mucha investigación de campo, contactar antropólogos y leer etnología. Por otro lado, fue hacer una investigación profunda de la vida y obra de Artaud. Tomamos las premisas estéticas que él cuenta sobre todo en El teatro y su doble y las aplicamos al cine. Fue tomar todo esto, meterlo en una licuadora y crear la narrativa cinematográfica".
Chamanismo, locura y arquetipos
A través del diálogo con los sabios y chamanes de la sierra, el director comprendió los vacíos de la experiencia de Artaud, quien venía "con una visión eurocentrista, queriendo renunciar a ella, pero sin podérsela quitar completamente. Cuando llega, la realidad no corresponde a sus preconcepciones. Por ejemplo, no se enteró de cosas muy importantes que yo entendí al hablar con los sipáames tarahumaras: no entendió que los hombres tenemos tres almas y las mujeres cuatro. Pero sobre todo que, si quería participar en la danza del jíkuri, la tenía que haber hecho tres veces, una por cada una de sus almas. Artaud nunca se enteró de esto".
Esta reinterpretación médica y espiritual desde el mundo rarámuri transformó el argumento de la película. "Cuando planteé a la gente de la sierra que algunos habían oído hablar sobre este dichoso francés, me decían: 'Claro, es que si hizo solamente una vez la danza y se fue, perdió una de sus almas y obviamente se volvió loco'. Retomo la cosmovisión rarámuri para contar el diagnóstico que tenía Artaud y cuál es la manera de salvarlo. Por eso Rayenari es este personaje que a través de sus sueños viaja hasta el manicomio para intentar rescatar a su amigo el poeta".
Filmar en la imponencia de la Sierra Tarahumara implicó someterse a condiciones físicas extremas. "Es una geografía increíble que tiene su maravilla y su reto. Me tocaba caminar ocho horas para llegar a un pueblo buscando a los sipáames. En el rodaje estábamos a -4 o -5 grados, cae nieve. Es un espacio que representa un reto, pero al mismo tiempo es maravilloso porque la gente te invita un vasito de pinole o te convida a danzar. Te dan mucho la bienvenida".
En el plano estético, la película apuesta por la textura del celuloide y una iluminación orgánica: "La textura del 16 mm le añade un reto al filmar en cine, pero le suma mucho visualmente. En iluminación, el fotógrafo Iván Hernández propuso que en la sierra todo lo ilumináramos con fuego. Eso le da un toque visual que te mete en una atmósfera muy particular. Luego el manicomio genera un contraste con espacios cerrados, pero manteniendo la presencia del fuego cuando aparece Rayenari".
Ese interés por la iniciación chamánica conecta directamente a Jíkuri con su anterior y galardonado largometraje, El sueño del Mara’akame: "Dialogan mucho las dos películas. A mí me interesa el proceso de iniciación hacia el chamanismo. En El sueño del Mara’akame era la historia de un adolescente que quiere ser rockstar y su padre quiere que siga la tradición. Ellos dicen que aprenden a curar en el sueño; para mí era tan misterioso que me daba una curiosidad enorme. En Jíkuri pasa lo mismo: Rayenari se ve enfrentado a cómo iniciarse a ser chamán sin quererlo al encontrarse con este poeta loco".
La elección del elenco principal fue crucial para sostener la carga expresiva del proyecto. Encarnar a Artaud exigía una presencia magnética y compleja. "La misión más compleja era encontrar a Antonin Artaud. Teníamos en mente otros actores franceses, pero cuando estábamos en el casting, Nicolas Ronchi, mi director de casting en Francia, me mostró a François Négret. Tuvimos un Zoom y me dijo: 'Federico, soy yo, siempre he querido hacer a Artaud'. Con su parecido y su pasión, dije: 'Es él'. Pero resulta que empezamos a filmar y descubrimos que François está tan loco como el verdadero Artaud o peor. Invocamos a Artaud y apareció. El referente más cercano que tengo es Klaus Kinski en las pelis de Herzog".
Sorprendentemente, la atmósfera envolvente de la película la llevó a recorrer certámenes de cine fantástico y de género. "Yo nunca definí la película como ciencia ficción ni como terror, para mí era un thriller metafísico. Pero sí tiene elementos fantásticos como el espíritu del jíkuri o el viaje en sueños. Lo que he entendido es que para las culturas originarias eso no es fantástico, no tienen esa categoría; para ellos es realismo puro. Nos sorprendió cuando empezó a caer en festivales fantásticos, pero decidimos darle una licencia poética al espíritu y conectar con esas audiencias".
Así, lo que para Federico Cecchetti comenzó como una investigación etnográfica y literaria terminó transformándose en un viaje sensorial único que invita al espectador a cuestionar sus propios límites de lo que llamamos realidad.
¿Qué lee Federico Cecchetti?
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Voy a verme muy autocliché, pero este es un libro increíble que vale muchísimo la pena. No estuvo estructurado originalmente como libro porque Artaud nunca lo programó así, sino que es una compilación de varios ensayos que escribió sobre su viaje a México y los tarahumaras. Este hecho de que esté contado desde dos estados de conciencia tan diferentes, uno en la cordura previa a la Sierra y otro bajo electrochoques en el manicomio, es lo que lo hace fascinante. Son dos versiones del mismo viaje, increíblemente poéticas y profundas.
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Para mí, mi Biblia en este mundo es El hombre multiorgásmico, del maestro Mantak Chia. Es de a huevo leer ese libro; te hace comprender la sexualidad de un modo completamente diferente y desde una profundidad espiritual ligada al Tao. Te permite entender el poder del cuerpo, el placer y la energía sexual desde una perspectiva revolucionaria.
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Un libro fundamental en cuanto a la creación psicológica de mis personajes y que me ha hecho comprender la narrativa de otra manera es El hombre y sus símbolos, de Carl Gustav Jung. Es una compilación sobre la psicología analítica y los arquetipos. La película Jíkuri tiene mucho que ver con la psicología de Jung y el encuentro con la sombra: para iluminarse no basta con jugar con figuras de luz, sino que hay que asomarse a lo más oscuro de nuestra alma.