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Gemma Ruiz Palà recomienda libros de mujeres fantásticas

La autora catalana habla sobre su libro "Nuestras madres", la potencia política de escribir en la lengua materna y las autoras imprescindibles en su biblioteca personal.

Gemma Ruiz Palá recomienda libros de mujeres fantásticas. Foto: Verónica Maza
Gemma Ruiz Palá recomienda libros de mujeres fantásticas. Foto: Verónica Maza
Verónica Maza Bustamante Américas /

Nuestras madres, una de las novelas más reconocidas de la escritora catalana Gemma Ruiz Palà, llega a México. Conversamos con ella sobre su libro y lo que significa crear desde la lengua materna —el catalán—, sin olvidar ese diálogo necesario entre las experiencias de las mujeres del pasado y las luchas del presente, en España. Además, la autora recomienda libros escritos por mujeres fantásticas, una hoja de ruta para leer con avidez.

Videoentrevista con Gemma Ruiz Palà

Entrevista a Gemma Ruiz Palà: Los libros que nos hablan de nuestras madres
Entrevista a Gemma Ruiz Palá: Los libros que nos hablan de nuestras madres

El hilo invisible que une a todas las mujeres

Gemma Ruiz Palà es periodista y desde hace décadas trabaja como cronista cultural y redactora jefa en los servicios informativos de Televisió de Catalunya. Su debut literario fue la aclamada novela Argelagues (Aulagas), que obtuvo un gran éxito de crítica y público. Su segunda obra, Donde Wenling, marca su esperado regreso a la narrativa. Por Les nostres mares (Nuestras madres, publicado por Consonni), recibió el 62º Premio Sant Jordi de Novela

Para ella, este último libro representa no solo el recordatorio de una etapa tremenda en España, sino también una especie de homenaje que une a las mujeres de su país con los de Latinoamérica porque, como señala, "estamos muy conectadas, os admiramos, os seguimos y sois como un revulsivo para nosotras".

Gemma, ¿de qué trata tu libro Nuestras madres?

Pues mira, a mí me gusta decir que Nuestras madres podría ser otra lectura política de la transición española. Siempre se nos ha narrado desde la visión de los hombres con corbata o con americana de pana, pero estaban las mujeres que llevaban batas y participaron superactivamente en las luchas sindicales, laborales y vecinales.

Tenemos que explicar también la historia desde el otro punto de vista, desde la otra experiencia, porque si no, parece que las mujeres no han estado, y  lo cierto es que también han estado ahí. Son ellas las que, además, trajeron la democracia y, sobre todo, allanaron el camino para que pudiéramos hacer una vida completamente diferente a la suya. Crecieron con un fascismo donde nada era fácil: el rol maternal era el impuesto, los trabajos para chicas eran cuatro y la legislación iba en contra de sus plenos derechos como ciudadanas. Sus renuncias revirtieron en nuestra libertad. Mi libro es un homenaje hacia ellas.

¿A quiénes vamos a encontrar en sus páginas?

Vais a encontrar a diez mujeres que están entrelazadas, aunque al principio no se note. Luego descubriréis esta red de sororidad que está en el contenido y también en la forma. Empezamos las historias con Lali, que es quizá el personaje más reconocible, pues no tiene una vida con tantos altibajos. Es protagonista de los abortos clandestinos que se tenían que hacer. Ella tuvo suerte porque pudo ahorrar y fue con un doctor que tenía todas las condiciones. Pero en Barcelona, en un barrio, había un supuesto doctor al que llamaban "el carnicero de Sans". Las que no tenían posibilidades de irse a Londres o de abortar con otro médico más hábil y preparado, tenían que ir con él y luego ir de urgencias al Hospital Clínic.

La pongo en esa tesitura, para hablar del derecho, o mejor dicho, de la falta de derecho al aborto durante la dictadura franquista, y de lo importante que es para la vida de las mujeres. Quise situar su experiencia desde el principio. Es un personaje con mucho desparpajo y quise que tuviera una vida con menos cosas duras que las otras.

Luego tenemos a Anita. Digamos que es madre postiza, porque se casó con un viudo que tenía un niño. Ese chico, como tantos jóvenes en los 80, cayó en las drogas, en la heroína. Es una de esas madres que se partían la cara yendo a buscar a los hijos (aunque no fuera el suyo de sangre) a la policía, porque robaban para pagarse la heroína, llegando al extremo de ir a comprar ellas mismas la droga para sus chicos. Era una indefensión total y también ignorancia sobre qué les estaban dando. Hubo muchas de ese tipo.

Después hay dos madres. Una es artista, pero nadie lo sabe hasta que muere. Alguien descubre que hay una serie de cuadros increíbles y su hija al final hace una exposición con ellos. Otra es cocinera, se ha dedicado a limpiar el Hospital Clínic y tiene como una segunda vida laboral en un restaurante, donde la dueña también tiene una historia muy potente.

También hay dos hijas en estas historias cruzadas y dos mujeres migrantes: una de Europa del Este y otra de Perú. Está clarísimo que sin esas mujeres la vida no es posible en Europa. Para mí era una cuestión de justicia social ponerlas también de pleno derecho, porque interesadamente las invisibilizamos, así sale más barato tomarlas el pelo. Muchas trabajan sin contrato. El papel de las mujeres migrantes en los cuidados, tanto de niños como de mayores, es esencial para la vida; en cambio, no están reconocidas socialmente como se merecerían. Esto es bastante vergonzoso y dice muy poco, o mucho y muy malo, de nuestra sociedad europea. Quise ponerlo. La peruana se llama Gabriela y es uno de los personajes que suele tener más impacto en los clubes de lectura. Me parece que más o menos las hemos repasado todas.

¿Qué significa para ti que este libro viaje y se lea en países de Latinoamérica?

Era un sueño. Cuando escribes no sabes si tu piedrecita llegará lejos. Un libro tiene mucha más vida si viaja y se comparte desde experiencias diferentes, pero que al final tienen la misma raíz. Esto enriquece el diálogo entre nosotras. En Barcelona miramos mucho lo que hacéis vosotras allí: las compañeras argentinas del movimiento Ni Una Menos, las chilenas de la Marea Verde, las mexicanas rastreadoras, las madres buscando y reclamando justicia por los feminicidios y desapariciones. Estamos muy conectadas, quizá no os lo imagináis tanto, pero os admiramos, os seguimos y sois como un revulsivo para nosotras. Que haya este diálogo a través de un libro y que nos conectemos me parece muy bonito.

Escribir en catalán: un acto político y afectivo

Periodista de formación, Gemma Ruiz Palà ha ejercido la profesión toda su vida. "Nunca hubiera sospechado que un día estaría al otro lado del micrófono", expresa en la entrevista, realizada en la librería El Desastre en Ciudad de México, durante un encuentro de editoriales independientes distribuidos por Nadie Distribuye

¿Cómo pasaste del periodismo a la escritura de libros?

Fue muy inesperado. Rescaté una entrevista que le hice a mi bisabuela en primero de carrera. Nos pedían que entrevistáramos a alguien nacido a principios del siglo XX para ver cómo los cambios tecnológicos afectaban a la vida diaria. Entrevisté a la mía, que nació en 1906. Siempre decía: "Cuando me jubile voy a escribir un libro sobre su vida". Es la persona que a mí y a mi hermana nos crió. Yo no fui nunca a guardería, siempre estaba con mi bisabuela. Casi la que nos enseñó a hablar. Tuvo una existencia a años luz de la mía. 

No esperé a la jubilación, lo hice antes, a los 33 más o menos, y a los 41 saqué el libro. Me costó muchos años porque tuve que hacer más entrevistas y estudiar mucha historia. Me di cuenta de que la historia de la Guerra Civil y la posguerra parece toda contada, pero desde el punto de vista de las mujeres de clases populares, no. Faltaba eso. Esto es lo que pegó fuerte en tanta gente y convirtió ese libro, que en castellano hemos traducido como Aulagas, en algo común para muchos catalanes y españoles. 

Es la historia de gente que viene del campo a una ciudad industrial para buscar trabajo y una mejor vida. La configuración familiar es tan común que mucha gente me dice: "Has escrito la historia de la mía". Esto emociona mucho, porque es una historia colectiva. No me interesa hacer biografía familiar pensando que las mías tienen algo excepcional. Lo tienen, como todas las familias. Era ponerlas en un lugar de honor donde nunca se les había puesto el foco. Esto, claro, emociona.

¿Cómo vives este momento en el que tantas mujeres están contando sus historias?

Creo que nos está ayudando a vivir. El hecho de leernos y descubrirnos, ver que había toda una experiencia del mundo por relatar, nos da un oxígeno, una fuerza entre todas. Leernos y luego, bueno, escribir o no, pero vivir de otra manera. Esto te achica el hecho de no verte, de no encontrarte, de no honrarte. En cambio, estamos abriendo estas puertas y dando rienda suelta a tantas historias que nos faltaban. Por eso hay esa sed. Me parece un momento de la historia de la literatura increíble y fantástico, y qué bien que nos haya tocado ser coetáneas.

¿Cómo es hoy tu encuentro con las palabras?

Seguramente este interés por hacer brillar la lengua catalana –es mi lengua de escritura y de vida– estaba ya en mi periodismo televisivo, en mis crónicas, buscando siempre el adjetivo perfecto. Mis compañeros se reían un poco de mí porque estaba con la cabeza llena de palabras. Esto es lo que también me pasa en la escritura y es lo que hermana a mis dos oficios. Lucho por poner de tú a tú la lengua popular de las clases trabajadoras y la lengua culta, la que tiene anglicismos.

Para mí no hay ninguna lengua que quede fuera del canon literario. Me gusta mucho que haya diálogo, que se hable como en la calle. Ahí está mi batalla con las palabras. Los dos oficios son para mí como dos caras de una misma moneda, pero superdiferentes. Durante muchos años he estado expuesta al público haciendo crónicas en directo, yendo a movidas nocturnas culturales con muchos compañeros, en una redacción de 300 periodistas, siempre con ruido, teléfono y gritos. En cambio, escribir es estar sola, en silencio, un poco aislada. Es algo que nunca hubiera pensado. Trabajo por las mañanas, habiendo trabajado muchos años de noche. Me ha venido como la contrapartida a mi primera vida profesional y es algo que también me gusta mucho. Me gustaba mi oficio de periodista nocturna cultural, pero esta parte de estar sola y  aislada es algo que no sabía que necesitaba.

¿Qué significa para ti escribir en tu lengua materna?

Para mí escribir en catalán es la situación que tendría que tener cualquier persona con una lengua. Todas las lenguas tienen que servir para todo: para hacer literatura y para pedir un café. Estuvimos 40 años prohibidos. Los catalanes no podíamos usar nuestra lengua en público, solo a nivel familiar, porque el fascismo siempre ataca las lenguas que no son la dominante. Tengo que continuar ese trabajo de hacer brillar mi lengua. Luego, el regalo es que se traduzca. Desde allí, desde donde se ha pensado, deseo que le salgan muchas patas para correr por todos los sitios. Eso es lo que siempre se desea, porque entonces se completa el círculo.

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