Liliana Muñoz y los libros que reinterpretan la vida de quienes nos cuidan
La escritora y crítica literaria presenta "Los umbrales", un libro que mezcla ensayo, crónica y memorias. Además, nos habla del cuidado como gesto ordinario... y extraordinario.
La escritora y crítica literaria Liliana Muñoz cuenta la historia de su tía abuela Yoli, una mujer yucateca de 90 años que enfrenta el cáncer con una alegría desbordante. Pero el libro no es solo un retrato familiar: es una reflexión sobre la memoria como invención, sobre el paso del tiempo, la fragilidad del cuerpo y el arte de acompañar a quienes comienzan a desaparecer. En esta entrevista para Librotea Américas, nos habla de la hibridez del libro, de su tránsito de la crítica literaria a la escritura creativa y del diálogo entre las letras mexicanas y españolas.
Video: entrevista con Liliana Muñoz
"No apreciamos lo ordinario hasta que lo perdemos. Queremos leer sobre personas normales que hicieron lo que debían hacer"
Liliana Muñoz es editora, ensayista y crítica literaria. Edita la revista de crítica Criticismo y ha colaborado en publicaciones como Letras Libres, Cuadernos Hispanoamericanos y Literal Magazine. Ha impartido cursos y seminarios en el Tecnológico de Monterrey, la Escuela de Escritura de la UNAM y la Casa Estudio Cien Años de Soledad de la Fundación para las Letras Mexicanas. Los umbrales, publicado por Editorial Tránsito en 2026, es su primer libro, sobre el que aquí nos habla.
¿Cómo resumirías la historia de Los umbrales, Liliana?
Lo definiría como un libro sobre la memoria, el paso del tiempo, la fragilidad del cuerpo y el intento de asir a alguien que se nos va. Pero también sobre cómo hacerlo desde la alegría, desde el buen vivir y el buen morir. Paradójicamente, es un libro muy cercano a la muerte pero muy feliz. Esa combinación curiosa es su esencia.
¿Cómo fue trabajar un libro que mezcla biografía, ficción y exploración?
El punto de partida es que la memoria es también invención. Siempre estamos inventando, incluso al contar una anécdota. El recuerdo ya está adulterado cuando lo compartes. Nunca accedemos al presente puro; siempre lo vemos desde el pasado, desde lo que omitimos o decidimos recordar. Esa idea me pareció fascinante para ficcionalizar la vida.
En origen iba a ser un ensayo puro con el mismo título, sobre vejez, enfermedad y buen humor, nacido de la preocupación por una persona real que ha vivido una vida muy literaria sin ser libresca. Pero el tono de Yoli, mi tía abuela, no era el del ensayo de Montaigne o Stevenson, que son mis autores de cabecera y están muy presentes. Me tuve que adaptar a su voz. Grabé sus historias y, al pedirle que repitiera una anécdota, me la contaba con treinta mil variantes. No sabía cuál era la verdad, pero creo que todas eran simultáneamente reales e inventadas.
Hay un capítulo dedicado a las trampas de la memoria, que solo salva el lenguaje. Por eso el libro es híbrido: ensayo, crónica, memorias… más cerca de Annie Ernaux o de Natalia Ginzburg (El léxico familiar, Las pequeñas virtudes). La parte libresca viene de mi forma de mirar: no entiendo la vida si no la he leído antes en algún autor. Siempre tengo una cita bajo el brazo. Al final, el libro no es solo el retrato de una persona, sino una especie de reseña crítica literaria aplicada a una mujer, a mi tía abuela. Bebe de la memoria, la crónica, el ensayo, algo de narrativa y, aunque oculto, de la crítica literaria: una labor de exégesis sobre una vida.
¿Qué significa reinterpretar la vida de una persona tan cercana?
Creo que es otro umbral. El libro va de la enfermedad a la vida, de la vida a la muerte, de la vejez a la adultez, de México a España y de España a México. Es un viaje de ida y vuelta, y al volver al origen algo cambia en la mirada. La tercera protagonista, Ceci, que cuidó a su madre diez años, me dijo: "Yo solo cuidé a mi madre porque la quería mucho, no hice nada extraordinario". Le respondí que precisamente por ser ordinario se vuelve extraordinario. No apreciamos lo ordinario hasta que lo perdemos. La gente también quiere leer sobre personas normales que hicieron lo que creían que debían hacer.
Yoli falleció en febrero, cuando el libro entró en imprenta. Ahora su cuidadora tiene que enfrentar sus propias horas vacías, y eso también es un tránsito. Pasamos todo el tiempo de un estado a otro, a veces sin darnos cuenta. Es un viaje de ida y vuelta que, al regresar, deja la vida más enriquecida.
"La crítica es una deuda de amor: escribo porque los libros me han dado algo y quiero devolverlo"
Liliana, llevas años escribiendo crítica literaria. ¿Qué sientes al publicar tu primera novela?
Es una experiencia curiosa, como si le ocurriera a otra persona. Un desdoblamiento: paso de estar tras bambalinas como reseñista al escenario. Me siento feliz y agradecida de que mucha gente lea el libro. Me gustaría seguir escribiendo, pero sin perder esa sensación de estar haciendo crítica literaria, aunque reseñe una vida. El género de las memorias es lo que más disfruto. Mi labor principal será siempre leer, editar y después escribir.
¿Qué lugar ocupa hoy la crítica literaria?
Sigue existiendo, aunque hayan mutado los formatos: hay crítica en reels o YouTube. Para mí es un género literario, pequeño y dependiente del libro, pero no menos importante. Debe trabajarse con exhaustividad y provocar algo. Lo difícil es hacer una reseña elogiosa sin caer en el panegírico; lo sencillo es vituperar. La crítica es una deuda de amor, como decía Steiner: escribo porque los libros me han dado algo y quiero devolverlo.
Lo importante es la forma, cómo se escribe y desde qué mirada. Si no eres un buen lector, no puedes ser un buen escritor, aunque tengas premios. La crítica es ordenar, juzgar y devolver al autor algo de lo que nos dio.
Siendo una mexicana que vive en España, ¿cuál es tu visión del cruce literario entre ambos países?
Cada vez hay más diálogo. Editoriales como Eterna Cadencia, Almadía, Las Afueras o Tránsito están en ambas orillas. Hay un intercambio bidireccional, fructífero, que viene de nuestra historia compartida: la colonia, los refugiados españoles que fundaron El Colegio de México. Las editoriales españolas miran hacia acá y las mexicanas hacia allá. Me gusta estar en ambos mundos.
¿Qué lee Liliana Muñoz?
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El idioma materno, de Morabito, es mi libro de cabecera. Me encanta, es un libro que puedo releer y releer y releer y es inagotable, aunque son 84 ensayos, crónicas muy breves sobre el lenguaje, sobre la extranjería, sobre el idioma materno, sobre la literatura, la traducción, pero con una prosa increíble.
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También recomendaría todo de Silvia Molloy. Desarticulaciones y Varia imaginación. Son libros curiosos. En el caso de Varia imaginación es una miscelánea, son textos de distintos formatos, muy trabajados también y muy aparentemente falsamente sencillos, pero muy interesantes. Y también Vivir entre lenguas. Desarticulaciones es muy afín a Los umbrales, de hecho viene también de ahí, buena parte del germen de este libro.
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También recomendaría de Natalia Ginzburg, Léxico familiar, que es muy divertido, con sus partes tórridas y tortuosas, pero muy divertido en el fondo, muy luminoso, y Las pequeñas virtudes, también de Ginzburg.
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Y una última recomendación curiosa que no quiero dejar pasar, porque aparte es el aniversario de Snoopy, de Carlitos y Snoopy. Carlitos es un personaje que una y otra vez se estampa contra la realidad, pero vuelve, vuelve a la vida y sigue habitándola de forma tórrida y neurótica, pero de una forma muy alegre, y por eso también tiene a Snoopy, que es la imaginación desbordada, los múltiples alteregos que se va creando. Yo no creo que sea necesariamente un cómic para niños, creo que es algo para todas las edades, que uno puede leer y releer y siempre encontrará más y más capas.