Eduardo Antonio Parra y Carlos René Padilla: un thriller histórico a cuatro manos
"La torre de cristal" es una novela escrita por dos grandes autores de novela negra, que fusiona la nota roja con el thriller histórico para desenterrar el asesinato de León Trotsky.
Conversamos con Eduardo Antonio Parra y Carlos René Padilla sobre el fascinante proceso detrás de La torre de cristal, una novela que fusiona la nota roja y el thriller histórico mexicano escrito por los dos con la complicidad y la investigación rigurosa que amerita el género. Aquí nos revelan cómo lograron amalgamar el pulso del periodismo de antaño con la ficción policial, entregándonos una pieza clave para entender la criminalidad del México de 1940 y el oscuro entramado que rodeó al asesinato de Trotsky.
Video: entrevista y recomendaciones de Eduardo Antonio Parra y Carlos René Padilla
El origen de La torre de cristal y el enigma de Trotsky
La historia de La torre de cristal se remonta a 1940, tiempo de profundas sacudidas políticas en México. "En una época políticamente compleja y con muchos ingredientes para novelar", explican Eduardo Antonio Parra y Carlos René Padilla en entrevista para Librotea, recordando que el contexto nacional estaba marcado por la Segunda Guerra Mundial y la reciente expropiación petrolera de Lázaro Cárdenas.
En medio de un país que anhelaba dar el paso hacia el primer mundo, ocurrió el detonante de la trama: el asesinato de León Trotsky. Para Parra y Padilla, este crimen histórico funcionó como "el pretexto para contar todo lo demás". Sin embargo, decidieron alejarse de las narrativas internacionales comunes para enfocarse en la perspectiva local: "Siempre se ha contado viendo hacia afuera. Nosotros nos propusimos ver qué pasó aquí en México, quién apoyó y quién no".
La novela no solo explora el magnicidio, sino también el crecimiento de la delincuencia en la capital y los métodos de los investigadores de la época. Para poblar este universo, los autores dieron vida a un trío de personajes contrastantes: el Güero, un reportero de nota roja; Quevedo, un detective de perfil cerebral, y Quintanilla, un policía guiado por la fuerza física.
"Nos gustaba mucho el contrapunteo que había entre ellos, sobre todo entre los dos policías investigadores: el cerebral, que es el criminalista, y el que venía de la vieja guardia, ligada a la brutalidad policiaca", aseguran. Aunque muchos personajes se inspiraron en figuras reales, todos pasaron por un riguroso filtro de edición para no desviar la atención de la línea narrativa principal.
Plasmar la Ciudad de México de antaño fue un reto y un deleite para ambos escritores norteños. En 1940, la capital era un espacio muy distinto al actual: "Para ir a Coyoacán todavía tenías que agarrar carretera; no era todo este monstruo en el que después se convirtió".
La reconstrucción de la Alameda, los bajos fondos y la atmósfera cotidiana nació de una profunda nostalgia alimentada por el cine negro de la Época de Oro. "Era una ciudad bastante tranquila, aunque agitada a la vez, donde había crímenes horribles pero eran pocos y seguían escandalizando a la gente", evocan durante la conversación en la librería El Desastre.
Periodismo de nota roja y el reto de escribir a cuatro manos
El periodismo es otro de los grandes pilares de la novela. Habiendo trabajado ambos en la sección de nota roja en los años 90, los autores aprovecharon para rendir homenaje a los reporteros de la vieja escuela. "A mí me tocó trabajar con los últimos periodistas de antes, que investigaban en su tiempo libre", relata Eduardo Antonio, contrastando aquella mística con la inmediatez digital del periodismo actual, donde todo se reduce a cifras breves y clics.
"En aquel entonces existía la oportunidad de indagar y había complicidad con el editor. El lector iba siguiendo la investigación al día siguiente como si leyera una novela por capítulos", explica Carlos René Padilla. Esta devoción por el oficio se encarnó en el personaje del Güero, un periodista legendario cuyas crónicas reales sirvieron de base para la ficción.
Escribir una novela en pareja suele ser un terreno pantanoso, pero para Parra y Padilla el proceso fluyó de manera orgánica gracias a su sólida amistad y a la ausencia de vanidades. "Esta no era una novela que estuviera escribiendo Carlos o que estuviera escribiendo yo; era una novela que estaba escribiendo 'alguien más'. Nosotros solo trabajábamos para ese autor ficticio", comparte Parra.
Sin mapas rígidos ni escaletas previas, la trama se construyó a través de largas conversaciones, rebotando fragmentos y puliendo la prosa constantemente para unificar el estilo de modo que no se notara la dualidad de manos.
El viaje creativo incluyó una inmersión total en mapas antiguos, biografías, documentales y la música de la época. Aunque el inicio del relato sufrió modificaciones —decidiendo finalmente arrancar en el año 1977 con los recuerdos del Güero—, la experiencia reafirmó el respeto mutuo entre ambos creadores.
"Fue como tener un taller literario inmediato... Los egos quedaron fuera y estuvimos trabajando en pro del texto", concluye Carlos René, dejando claro que La torre de cristal es el resultado de una complicidad literaria perfecta.
¿Qué leen Parra y Padilla?
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Padilla: Quiero empezar con este libro de Julián Herbert publicado en Gris Tormenta. Es un ensayo sobre la escritura y el oficio de escribir. Es sumamente divertido y creo que una de las grandes ventajas de este libro es que te deja muchas preguntas; no se lo pueden perder.
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Parra: Yo voy a empezar con Serguéi Dovlátov y su novela Oficio. Él es un escritor soviético con bastante sentido del humor que se burla mucho de lo que era ser un escritor en la Unión Soviética. Aquí cuenta cómo huye de la Unión Soviética y se va a Estados Unidos, donde el choque también fue terrible, pero es un libro para reírse página tras página. Lo encuentran en la editorial Fulgencio Pimentel."
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Padilla: Quiero recomendar a Raymond Carver. Yo sé que mucha gente lo ha leído, pero creo que es un tótem; es un monumento para todos aquellos que aspiramos a escribir un buen cuento. A mí me gustó mucho regresar a él. Sus textos no tienen desperdicio, acérquense a cualquiera de sus libros. En esta ocasión recomiendo ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, que lo encuentran en Anagrama.
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Parra: Mia Couto es un escritor que era bastante desconocido hasta que le dieron el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Es un mago del lenguaje y este libro de cuentos a mí me encanta porque en tres o cuatro páginas arma una historia increíble y te hipnotiza con el lenguaje. Lo que agarren de él es buenísimo, desde su novela Tierra sonámbula hasta este volumen de relatos, El cazador de elefantes invisibles, que es excelente.
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Padilla: Quiero recomendar a una paisana, Sylvia Aguilar Zéleny. Su escritura es muy íntima y a mí me conmueve muchísimo. El estar en ese limbo entre Estados Unidos y México le da una visión muy particular a lo que escribe. El libro de Aisha es uno de sus trabajos más entrañables y tiene que ver con su familia; lo encuentran en Random House.
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Parra: Para volver a los orígenes, un clásico de clásicos: Dormir en tierra, de José Revueltas. Desde mi punto de vista, es uno de los dos libros de cuentos más importantes de México en el siglo XX (el otro sería El llano en llamas). Quien haya leído a Revueltas conoce su ritmo, su lenguaje y su poesía; todo eso te hipnotiza, al igual que la violencia y la profundidad de sus historias.
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Padilla: Recomendamos a Leila Guerriero y sus impresionantes crónicas desde Argentina. Cualquier libro que agarres de ella nunca te va a defraudar. Su forma de cronicar un tema aparentemente sencillo, o del que ya se han dicho muchas cosas, lo lleva a otro nivel. En este caso recomendamos Los suicidas del fin del mundo. Dense una vuelta por la obra de Leila Guerriero, no se no se van a arrepentir.