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Los libros que marcaron a Verónica Murguía, ganadora del Premio Gilberto Owen 2026

La escritora mexicana, ganadora del Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2026 por “Asfódelo”, recomienda libros que celebran la fuerza, belleza y precisión del castellano.

Los libros que marcaron a Verónica Murguía, ganadora del Premio Gilberto Owen 2026. Foto: Javier Ríos
Los libros que marcaron a Verónica Murguía, ganadora del Premio Gilberto Owen 2026. Foto: Javier Ríos
Verónica Maza Bustamante Américas /

La obra de Verónica Murguía ha convertido la imaginación, el rigor literario y la belleza del idioma en una forma de resistencia. Ahora, la autora de Loba y El cuarto jinete recibió el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2026, en el género de cuento, por Asfódelo, un libro reconocido por “la solidez de su concepción, la reescritura del mito, la densidad simbólica y el rigor formal de sus relatos”.

En esta conversación con Librotea cuando se lanzó la reedición de su libro de cuentos El ángel de Nicolás, Murguía compartió su visión de la literatura y mencionó los libros que, desde distintas épocas y tradiciones, hacen honor al castellano.

Videoentrevista con Verónica Murguía

Verónica Murguía: entrevista y libros recomendados
Verónica Murguía: entrevista y libros recomendados

“Toda mi obra es un cuestionamiento sobre por qué somos depredadores”

Verónica Murguía es una de las narradoras más singulares de la literatura en español. Escritora, traductora y profesora, su obra ha construido un territorio propio donde conviven el mito, la historia, la épica y la exploración moral del presente. Autora de novelas fundamentales como Auliya —finalista del premio Rattenfänger en Alemania— y Loba, ganadora del Premio Gran Angular en España, Murguía ha hecho de la precisión verbal y la densidad simbólica una forma de entender el mundo.

Ahora, la autora recibe el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2026 por Asfódelo, distinguido por “la solidez de su concepción, la reescritura del mito, la densidad simbólica y el rigor formal de sus relatos”. Un reconocimiento que también ilumina una trayectoria marcada por la exigencia estética y la convicción de que la literatura todavía puede interrogar la violencia, la pérdida y la condición humana.

Asfódelo, además, nació tras la muerte del poeta David Huerta, compañero de vida de la escritora. Murguía ha dicho que el libro fue “una especie de prueba de vida de que aún puedo escribir”. En esta conversación con Librotea, reflexiona sobre la narrativa, el lenguaje, el duelo, el poder de los mitos y la responsabilidad de escribir en tiempos de devastación.

Verónica, muchos de tus libros vuelven a los mitos, a la Antigüedad, a la Edad Media o a los relatos bíblicos. ¿Qué encuentras ahí para pensar el presente?

Creo que toda mi obra es un cuestionamiento sobre por qué somos unos depredadores tan feroces. Me interesa buscar salidas humanas y, si no las encuentro, por lo menos salidas estéticas. Los mitos, las historias antiguas, las tragedias, siguen siendo actuales porque hablan de eso: del poder, de la crueldad, de la conciencia y de nuestras contradicciones.

En El ángel de Nicolás, por ejemplo, hay cuentos ambientados en la Edad Media, en la Antigüedad Clásica y en tiempos bíblicos. Retomo personajes que aparecen en los evangelios y luego desaparecen, como si dejáramos de preguntarnos qué pasó con ellos después de la crucifixión. También vuelvo al mito de Marsias, que es un personaje que me conmueve muchísimo, porque los dioses lo maltratan de una manera terrible.

En el fondo, todos esos relatos son una indagación sobre el poder y la verdad.

Tu literatura parece trabajar contra el olvido.

Sí. Y también contra la indiferencia. Creo que la literatura tiene la obligación de darle voz a las víctimas y de dibujar con la mayor precisión posible los cuestionamientos humanos. Hay experiencias del dolor que el lenguaje apenas alcanza a tocar, pero ese es nuestro trabajo: intentar nombrarlas.

La escritura como rigor y resistencia

Tu escritura tiene una precisión muy particular. ¿Cómo trabajas el lenguaje?

Cuando una palabra cae en su lugar, es como resolver un rompecabezas. Hay un placer casi físico cuando encuentras la palabra precisa.

El proceso es leer muchísimo, escribir, reescribir, comparar. Yo me eduqué literariamente con David Huerta, que era un poeta de una precisión extraordinaria y con un lenguaje vastísimo. Eso inevitablemente me volvió muy rigurosa.

Puedo pasarme un mes entero pensando en un párrafo o en un verbo. No puedo escribir con descuido. Además, admiro profundamente a escritores que tienen una relación muy exigente con el idioma: Jorge Luis Borges, Marguerite Yourcenar, José Revueltas, George Orwell. Leo mucha poesía, muchísima historia, divulgación científica, medicina.

Mi proceso es leer, comparar, sentirme derrotada y volver a empezar. Porque cuando un escritor ya se la creyó, ya se fregó.

“No puedo escribir rápido”

La pluma de Verónica Murguía recorre desde la épica medieval hasta la literatura infantil. Traductora de autores como Francisco González-Crussí y William Alexander, Murguía no solo escribe historias, sino que las habita, las cuestiona y las devuelve al mundo con una lucidez que convierte cada libro en un descubrimiento. 

Después de tantos años escribiendo sobre violencia, poder y sufrimiento, ¿a qué conclusiones has llegado?

Las respuestas son difíciles. Pero si me pidieras resumirlo diría esto: somos depredadores, pero tenemos conciencia.

Y entonces la pregunta es qué hacemos con esa conciencia. Porque cada acto depredador tiene consecuencias que terminan alcanzándonos. La violencia contra las mujeres, contra los niños, contra los pueblos originarios, la destrucción ambiental, todo eso regresa.

Durante la pandemia me preguntaban mucho qué iba a pasar, porque El cuarto jinete trata sobre la peste negra de 1348. Y yo decía: “No sé qué va a pasar, pero sí sé lo que ya pasó”. Las reacciones humanas eran muy parecidas: miedo, crueldad, egoísmo, pero también solidaridad.

Eso es lo que sigo tratando de entender cuando escribo.

¿Cómo fue que reeditaste El ángel de Nicolás y cómo lo ves a la distancia?

La reedición se la debo a la gentileza de Era, que fue la editorial en la que desde el principio quería que se publicara El ángel de Nicolás. David Huerta publicaba en Era, Coral Bracho publica en Era, Elsa Cross publica en Era, hay mucha gente que admiro que publica en esta editorial.

Escribí los cuentos para David porque me dijo: "Quiero que escribas cuentos", y yo le decía: "No puedo, no puedo, no puedo". Pero poco a poco fui escribiendo los cuentos para dárselos en un volumen y era lo más normal que se lo ofreciera a Era. Fue muy afortunado para mí que ellos lo aceptaran.

Como todos los escritores, creo que tengo algo que decir y quiero que alguien lo lea, pero eso quién sabe de qué depende. Es un misterio.

¿Qué estás trabajando actualmente?

Me tardo muchísimo en publicar. Aparte, tuve dos años de la cancelación total de mis funciones mentales. Me quedé viuda hace dos años y medio y durante dos años, entre el estupor y la nostalgia, no entendía nada de lo que leía.

Estoy retomando muy cautelosa mi escritura de cuentos y novelas para niños. Estoy tratando de que no se me note que estoy triste. Y entonces, bueno, pues ahí voy.

No escribo rápido, lo cual es problemático, porque aparte estamos en un momento en el que las editoriales tienen la obligación de poner tantas novedades y las novedades a veces son tan malas y tan reiterativas y tan indistinguibles unas de otras, que yo no puedo seguir eso. No puedo ni quiero ni tengo el talante ni el interés ni se me ocurre. ¿Cómo voy a escribir rápido? Soy una persona que se tarda un mes diciendo: "Este verbo, ¿conviene o no conviene?".

Así que estoy retomando todo de manera muy vacilante. Escribí poesía muy mala durante estos años, pero afortunadamente ya recapacité y todo eso nunca se la voy a enseñar a nadie.

Verónica Murguía y los libros que hacen honor al castellano

  • El hacedor

    El hacedor

    Jorge Luis Borges

    DEBOLSILLO

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    El hacedor, de Jorge Luis Borges, tiene el retrato más bello de Homero que leí en mi vida y, por alguna razón que no entiendo, cada vez que leo ese retrato me pongo a llorar. Es solo un retrato, el devenir de Homero en poeta y en ciego, pero la prosa de Borges es absolutamente un tesoro del castellano.

  • El otoño del patriarca

    El otoño del patriarca

    Gabriel García Márquez

    Random House

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    El de El otoño del patriarca es otro tipo de castellano. Si el castellano de Borges es como una columna dórica, el de García Márquez es una especie de follaje que se mueve. Es un libro muy impresionante, con un español que cuando yo lo leí por primera vez, sentí que me caía encima como si fuera un jaguar. Es un libro que tiene un castellano oceánico con un retrato de los políticos latinoamericanos impresionante. No creo que García Márquez hubiera querido adelantarse a retratar a Fidel Castro, porque era su cuatacho y le caía bien, pero retrató a Fidel Castro. Y retrató a todos los tiranos latinoamericanos. Si Maduro y Ortega no quedan físicamente con el papel es porque evidentemente se pintan el pelo.

  • Las memorias de Adriano

    Las memorias de Adriano

    Marguerite Yourcenar

    DEBOLSILLO

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    Recomiendo Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, que es uno de los libros más bellos que he leído.

  • La calle blanca

    La calle blanca

    David Huerta

    Ediciones Era

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    Recomendaría La calle blanca e Incurable, de David Huerta. También El laberinto de la soledad, de Octavio Paz. De mis contemporáneos, hay muchísimos. Los nombres del aire, de Alberto Ruy Sánchez, es un libro que adoro. Por ejemplo, Neruda es un poeta del que yo me tengo que saltar las partes dedicadas al partido, pero las Odas elementales son bellísimas. Les recomiendo a Raúl Zurita. Hay mil poetas. Latinoamérica está llena de poetas. Hay que leerlos. Leer poesía es, además, un acto de resistencia, porque la poesía no da dinero.

  • La bomba de San José

    La bomba de San José

    Ana García Bergua

    Ediciones Era

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    Ana García Bergua es mi chompiras, no les voy a decir que no es mi superamiga, porque lo es, pero además me hace reír muchísimo. Hace poco participé en un homenaje a ella y empecé a leerla. Me reía yo sola. Decía: qué padre que me hace reír, qué padre que hay una humorista en este país donde hay tan pocos que tienen sentido del humor.

  • Radicales libres

    Radicales libres

    Rosa Beltrán

    ALFAGUARA

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    Está Rosa Beltrán. Adoro su último libro, que también hace reír, pero es un poco desgarrador, porque tiene una parte que aborda la violencia. Se llama Radicales libres, porque ella siempre está jugando con los títulos. Al final hay una carta a una hija que se tiene que ir de México por la violencia.


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