Especial Adiós al silencio: miradas femeninas en el catálogo de Hachette Livre
Hay un gesto que se repite en varias de las novelas escritas por mujeres que Hachette Livre ha publicado en México en los últimos años. No es un tema, porque los temas son diversos: dictaduras, abusos clericales, suicidios, pérdidas gestacionales, masacres colectivas, abandonos maternos. Lo que se repite es aquello que no se dijo.
En cada una de estas obras, alguien toma aquello que la familia decidió no contar, que la institución eclesiástica ocultó, que el estado prefirió borrar o que la vida cotidiana disolvió en gestos menores, y lo convierte en el centro de un relato. La pregunta que atraviesa todo el catálogo es, en el fondo, una sola: cómo contar aquello que hasta ahora solo había existido en el silencio.
Lo que sigue es un recorrido por ocho respuestas a esa pregunta.
Cuando el horror se filtra en el juego
La infancia suele funcionar en la literatura como un territorio donde el horror se diluye o se embellece. Pero hay novelas que invierten ese mecanismo: en lugar de usar la mirada infantil para atenuar la violencia, la convierten en una lente que la vuelve más nítida porque carece de los protocolos con que los adultos la administran.
Eso ocurre en una novela situada en el sur de Chile durante la dictadura. Dos niñas, Ana y Julia, viven en la clandestinidad. Pasan los días jugando en un bosque, usan nombres falsos cuando se topan con extraños. El padre dibuja animales para explicarles el peligro. La madre rompe cartas escondida en el baño. La narración no abandona nunca la voz de Ana, y en esa fidelidad a los prismas de la infancia ocurre algo inusual: la violencia se muestra en el mismo gesto con que se oculta con el juego y la fantasía, hasta que los hechos traspasan esas fronteras. Se titula Mambo y la autora es Alejandra Moffat.
Otra novela explora la vulnerabilidad desde un registro opuesto: no la mirada de una niña en dictadura, sino la conciencia colectiva de una comunidad que se deja conducir hacia la muerte. El escenario es Jonestown, Guyana, 1978, donde más de novecientos miembros del Peoples Temple murieron siguiendo a su líder, Jim Jones. La narración cambia de perspectiva constantemente, mezcla personajes reales e inventados y se presenta a sí misma como una liturgia o un trance. No hay aquí distancia analítica ni intención de explicar. La prosa opera fundiendo lo real con lo ficticio, la condena con la redención, y construye una estructura fragmentaria que permite habitar el fenómeno del sometimiento desde dentro. Esa apuesta formal es el aporte central de Los seguidores, de Alma Mancilla.
La herencia que no se nombra
Si en las dos primeras novelas el silencio tiene un origen político (la dictadura, la manipulación masiva), en otras cuatro el punto de partida es más íntimo y, paradójicamente, más extendido: los secretos que las familias transmiten sin nombrar.
Hay un caso en que ese secreto tiene la forma de un rumor que durante generaciones pesó sobre una familia profundamente católica. Un alto jerarca de la Iglesia había embarazado a una joven, que debió huir de España a Nicaragua. La autora decidió enfrentarse a ese rumor y transformarlo en novela. Lo que construyó no es un ajuste de cuentas ni una crónica de abusos, sino una obra con la fuerza de las grandes narraciones del siglo XIX. Allí el abuso, los celos, la muerte y la culpa se entrelazan con el amor, la solidaridad y el humor. Como reza la contratapa, en Por mi gran culpa, de Ligia Urroz, "no hay víctimas ni villanos: solo humanidad, con todas sus contradicciones".
A la sombra de un árbol muerto, de Mónica Rojas, parte de un aborto devastador en la España de 1873 y sigue a un matrimonio humilde que migra a los Altos de Jalisco. A partir de ahí, se despliega una saga familiar que atraviesa la Revolución Mexicana y teje un universo donde conviven el realismo mágico, los cantos, los conjuros y las plegarias. Lo que la escritora introduce es una doble herencia: por un lado, la transmisión emocional del dolor a lo largo de las generaciones; por otro, una recuperación de raíces indígenas y de formas de resistencia subalterna.
Hay una tercera novela donde el punto de partida es un detalle menor que se convierte en abismo. La protagonista encuentra una fotografía de su padre en una exposición de asesinos seriales. A partir de ahí, se despliega una investigación sobre un linaje marcado por milagros, pérdidas y silencios heredados. Pero el verdadero centro de Con todas mis letras, de Bárbara Colio, es otro: la madre que abandonó a la protagonista quince años atrás. La prosa es fluida, vertiginosa, y la autora trabaja en el umbral entre la novela y algo que excede sus límites. El jurado del Premio Amazon Primera Novela 2025 lo señaló con una pregunta: "¿Ésta es una novela o es más que una novela?".
Una cuarta historia lleva la exploración al terreno más desnudo: el suicidio de la madre. La narración comienza con una discusión por unos saquitos de té y termina con un cuerpo arrojado al vacío desde un hotel céntrico de Buenos Aires. No hay en estas páginas una búsqueda de causas. La narradora—hija y detective en carne viva—recrea el antes y el después, las reacciones dentro y fuera de la familia, la trama de las relaciones, el trauma y las estrategias para lidiar con él. La escritura es bella y filosa, y lo que se ensaya es la posibilidad de componer, con materiales autobiográficos, una novela "para lo que no tiene palabras". El libro es Efectos personales, de Marina Mariasch.
El cuerpo, la frontera y el origen
Las dos últimas novelas amplían el espectro hacia registros que entrelazan lo íntimo con lo geográfico y lo histórico.
Una de ellas parte de un silencio que pocas veces se nombra: la muerte de un hermano ocho minutos después de nacer. La narradora desanda ese duelo mientras sus hijos duermen junto al acta de defunción encontrada en casa de la abuela recién fallecida. Lo que se despliega no es un relato lineal, sino una reflexión sobre el cuerpo y el límite que entrelaza la maternidad con la migración. La escritura, que la autora chilena Nona Fernández califica como "introspectiva, hipnótica, refinada, sutil", opera como un bisturí que penetra en el dolor y al mismo tiempo como una aguja que sutura la distancia. El resultado es un texto fragmentado, intenso y vital que indaga en cómo darle forma estética al duelo que le agradecemos a su autora, Iliana Pichardo Urrutia. La novela se titula Cada mar desierto.
El último libro propone un giro temporal radical. En lugar de explorar el silencio familiar contemporáneo, se remonta al Siglo de Oro español para imaginar a Isabel, la hija no reconocida de Miguel de Cervantes. En Las Cervantas, de Martha Bátiz, una joven de quince años descubre su origen tras la muerte de su madre y debe decidir quién quiere ser en una sociedad que le niega hasta el apellido. El objetivo de la novela es doble: por un lado, restituye una mirada femenina a un momento fundacional de la lengua española; por otro, demuestra que la pregunta por la autoría —quién puede firmar, quién hereda el nombre— no es solo contemporánea, sino que atraviesa la historia literaria desde sus orígenes.
Lo que une a estas novelas no es un tema, una región o una generación. Es una convicción compartida: lo que no se dijo no desaparece. Se hereda, se encarna, se filtra en los juegos de la infancia, en los silencios de una familia, en los gestos que repiten las generaciones.
Hachette Livre, al publicarlas en México, no solo suma títulos a su catálogo: está mostrando que la literatura escrita por mujeres en este momento está construyendo un mapa de aquello que las historias oficiales y los protocolos familiares dejaron fuera. Y ese mapa, lejos de ser una suma de casos individuales, dibuja un territorio compartido: el de una narrativa que se atreve a contar lo que durante mucho tiempo solo se pudo callar.
