Cuando el terror baila cumbia: Claudia Amador y las vampiras de Altasangre
La escritora colombiana conversa sobre su novela, que mezcla vampiros, carnaval, mujeres, poder, clases sociales y tradición caribeña como parte de la reinvención del terror gótico en América Latina.
Los vampiros suelen habitar castillos, bosques oscuros y ciudades envueltas en niebla. En Altasangre, Claudia Amador los traslada al Caribe colombiano, donde el carnaval, la cumbia, el poder y las tradiciones populares construyen una historia tan fantástica como profundamente latinoamericana con un inolvidable linaje de mujeres chupasangre.
Video: entrevista y recomendaciones de Claudia Amador
Del castillo gótico al Caribe: cómo nacieron las vampiras de Altasangre
La escritora colombiana Claudia Amador ha transformado el mundo de los vampiros. En su novela Altasangre los lleva al Caribe, en una historia vertiginosa que acontece entre el carnaval, la cumbia, las clases sociales, los fantasmas y mujeres que desafían el destino que les fue impuesto.
El resultado es una de las novelas fantásticas más originales publicadas en América Latina en los últimos años.
En esta conversación con Librotea, Amador habla sobre la construcción de un universo donde los vampiros conviven con el sincretismo caribeño, reflexiona sobre el poder, la rebeldía y la herencia colonial, y explica por qué el terror puede ser una herramienta privilegiada para entender la realidad.
Claudia, para quienes aún no conocen la novela, ¿cómo resumirías la historia de Altasangre?
Altasangre transcurre en una ciudad llamada Costa Liminal, basada en mi ciudad natal, Barranquilla, muy conocida por su carnaval. Allí existen clases sociales muy marcadas y la más alta está conformada por los purasangre, que son vampiros. Todo el mundo lo sabe y ellos no tienen que ocultarlo.
En esta sociedad ya no es necesario que los vampiros ataquen a los humanos. Existe una fábrica que extrae sangre a las personas como una prestación de servicio y la mayoría está conforme con cómo funcionan las cosas. También hay humanos que aspiran a convertirse en purasangre y, en medio de ambos grupos, están las mixtas: mujeres que representan un proceso de mestizaje y colonización. Tienen algo de los purasangre y algo de los humanos, viven bien y no dependen exclusivamente de la sangre.
Dentro de la élite vampírica hay varias familias que controlan la costa. La más importante es la familia Venterroso. Su matriarca, Julia Venterroso, ha sido reina del carnaval y controla toda la industria de la sanguina. Es dueña de prácticamente todo.
La historia comienza cuando llega una nueva integrante a la familia: Julieta, la nueva nieta de Julia. Desde su nacimiento, la matriarca proyecta sobre ella toda clase de expectativas. Quiere convertirla en la próxima reina del carnaval y moldearla según sus planes. Pero Julieta es insaciable y no encaja en las reglas de esa sociedad. A partir de esa relación comienza el gran desorden que mueve toda la novela.
Del castillo gótico al Caribe: cómo nacieron las vampiras de Alta sangre
¿Cómo nació la idea de escribir una novela de vampiros tan profundamente latinoamericana y caribeña?
A mí siempre me han gustado los vampiros, el terror y la literatura fantástica. Son lecturas que me han acompañado toda la vida, pero no eran géneros que hubiera explorado al escribir.
Yo nací y crecí en Barranquilla, en el Caribe colombiano. Mi primer acercamiento al vampiro fue el castillo, el conde, el frío, lo lejano. Sentía que esas historias representaban algo que no encontraba en mi entorno, donde todo era fiesta y carnaval. Recuerdo que en la adolescencia quería ser gótica, oscura, mirar la luna llena, pero al mismo tiempo sonaba cumbia por todas partes. Vivía esa contradicción.
Cuando empecé a escribir exploré primero otros géneros. No fue hasta 2020, en una materia llamada "Terror y sociedad", cuando empecé a pensar el terror desde una perspectiva distinta. Ya no se trataba solo de la estética de los monstruos, sino de preguntarse por qué nacen esos monstruos y qué representan.
Eso me permitió desmontar el arquetipo del vampiro y pensar en sus componentes esenciales: deseo, hambre, poder, sensualidad, erotismo y descontrol. Entonces entendí que esas pulsiones no estaban tan lejos de mi ciudad.
Además, para entonces ya había encontrado referentes latinoamericanos: desde Quiroga y Carlos Fuentes hasta autoras contemporáneas como Mariana Enríquez, Michelle
Roche Rodríguez y Marina Yuszczuk.
En un ejercicio universitario nos pidieron escribir sobre un arquetipo del terror situado en nuestro territorio. Pensé que nadie lo leería y que acabaría guardado en un cajón. Entonces tomé al vampiro y me quedé con dos ideas fundamentales: el hambre y el poder.
Empecé a pensar en cómo, especialmente en muchas ciudades latinoamericanas, el poder funciona de manera muy vampírica. Es un poder heredado, enquistado, que pasa de generación en generación y conserva dinámicas coloniales. Al mismo tiempo, quería explorar otro tipo de hambre: la de quienes nacen con un destino impuesto y sienten el deseo de romper con él.
Ahí descubrí algo fascinante del vampiro: puede representar simultáneamente al opresor y al oprimido. Tiene la capacidad de encarnar ambas cosas.
La novela mezcla vampiros con fantasmas, dioses, brujería y tradiciones populares. ¿Cómo surgió ese universo?
Cuando empecé a desarrollar la historia sentía que la metáfora social de los vampiros no era suficiente por sí sola. Entonces apareció el carnaval y todo hizo clic.
La costa atlántica colombiana, como muchas regiones de América Latina, vive permanentemente en un puente entre lo sagrado y lo pagano. Es algo que siempre me ha obsesionado.
Yo crecí rodeada de esas contradicciones. Mis padres, por ejemplo, me bautizaron con la participación de una persona judía. Después consultaron a una bruja para resolver un asunto familiar. Más tarde terminaron acercándose al cristianismo. Todo coexistía.
Además, crecimos escuchando historias de fantasmas, brujas, apariciones y leyendas. Una compañera decía ver muertos en una piscina. Otra aseguraba escuchar a La Llorona. Son relatos que forman parte de la vida cotidiana.
Es muy común que alguien vaya a misa por la mañana y por la tarde se lea el tarot. Esa convivencia entre distintas creencias está profundamente integrada en nuestra cultura.
El carnaval también ocupa un lugar central. Recuerdo que en cierta época le dijeron a mi mamá en la iglesia que el carnaval era satánico. Dejó de asistir unos años, pero después regresó porque, al final, era imposible separarse de algo tan arraigado.
Por eso en la novela no hay solo vampiros. Hay fantasmas, espíritus, dioses y creencias. Quería mostrar un Caribe donde conviven estructuras de poder rígidas con un universo espiritual profundamente mestizo.
El carnaval me permitía reunir todo eso: lo indígena, lo africano, lo español, lo religioso y lo pagano. Quería que los vampiros estuvieran inmersos en ese mundo y que la élite carnavalesca conviviera con el pueblo, con el caos, con la fiesta y con esa dimensión espiritual que atraviesa toda la región.
Mujeres, poder y carnaval: los secretos del universo de Claudia Amador
Para Claudia, "cada capítulo debía tener la intensidad de un cuento". Y eso hace que su narrativa sea precisa, directa y llena de humor.
La novela abarca generaciones enteras en apenas 180 páginas. ¿Cómo lograste esa condensación?
La novela tardó bastante tiempo en escribirse. Yo venía del cuento y creo que eso dejó huellas muy claras en mi forma de narrar.
Me gusta mucho la intensidad del cuento. Esa sensación de que cada escena debe importar. Disfruto las novelas largas y las grandes sagas, pero cuando escribo suelo buscar una concentración distinta.
El primer capítulo de Altasangre era originalmente un cuento. Después entendí que podía convertirse en un proyecto más amplio. Durante años escribí y borré muchísimo material.
Uno de mis objetivos era que cada capítulo iniciara y cerrara algo: un ritual, una acción, una idea, un conflicto o incluso un chisme. Quizás traté cada capítulo como si fuera un pequeño cuento autónomo.
Además, la historia transcurre en un periodo muy breve, durante los días del carnaval. Todo sucede en cinco días. Esa limitación temporal exigía intensidad y velocidad.
Me interesaba también cambiar constantemente de narrador y explorar distintas perspectivas. El chisme, por ejemplo, me parece un narrador extraordinario porque permite observar una historia desde múltiples capas.
Las mujeres ocupan el centro de la novela. ¿Qué te interesaba explorar a través de ellas?
En Altasangre hay una línea matrilineal muy fuerte. Está Julia, la dueña de todo; su hija, Mapi; y luego Julieta. Los personajes masculinos aparecen más bien en tránsito, entrando y saliendo de la historia.
Me interesaba explorar los vínculos femeninos porque las mujeres suelen reducirse a arquetipos muy simples. La abuela sabia, la joven rebelde o la madre sacrificada. Quería personajes más complejos.
Julieta pertenece a la élite vampírica y es una niña consentida, pero también es una fuerza de la naturaleza. Tiene un destino impuesto sobre su cuerpo, su hambre y su vida. Es un destino que no piensa cumplir.
Me interesaba mostrar cómo incluso dentro de los grupos privilegiados existen otras formas de opresión. No son equivalentes a las que sufren los sectores más vulnerables, por supuesto, pero siguen siendo mecanismos de control.
También quería jugar con la relación entre lo privado y lo público. Tradicionalmente se ha considerado que lo privado pertenece a las mujeres y lo público a los hombres. Sin embargo, muchas decisiones políticas se toman dentro de las casas, en conversaciones sostenidas por madres, esposas, hijas o abuelas.
Julia es un personaje profundamente maquiavélico. Planea, manipula y ejerce poder. Quería que ese espacio doméstico se convirtiera en el verdadero centro de las decisiones que afectan a toda la ciudad.
Las relaciones entre mujeres son complejas. Las abuelas no siempre son aliadas. Las madres pueden amar e imponer al mismo tiempo. Las relaciones están atravesadas por el cuerpo, la clase social, las expectativas y los afectos.
Son temas que todavía tenemos mucho por explorar en la literatura y que me interesaba poner en conversación dentro de la novela.
¿Qué lee Claudia Amador?
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El primero es En diciembre llegaban las brisas, de Marvel Moreno, una autora barranquillera nacida en 1939. La novela se publicó en 1987, después se perdió un poco en el tiempo y recientemente ha sido recuperada. Por desgracia, la autora falleció. Es una novela donde lo que yo apenas araño en Altasangre, ese juego entre las clases, el cuerpo y el deseo, ella lo desarrolla a gran escala. Construye un universo narrativo donde las mujeres de cierta clase social también están encerradas en jaulas de oro y pasan muchísimas cosas. Es una de las clásicas contemporáneas que más me interesan.
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Otra novela que me fascina es Un lugar llamado Antaño, de Olga Tokarczuk, ganadora del Premio Nobel en 2018. Es una novela total que aborda un pueblo misterioso atravesado por la guerra. Nunca sabemos del todo si ese lugar es real o ficticio porque ella juega constantemente con el artificio de la escritura. Dentro de la novela aparece incluso un juego de mesa que consiste en jugar a ser Dios y nunca sabemos si ese juego está definiendo realmente las dinámicas del pueblo. Es muy interesante, muy metatextual y maravillosa.
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También les quiero recomendar un clásico que recientemente volvió a estar muy presente por la película: Cumbres borrascosas, de Emily Brontë. Si no lo han leído, por favor háganlo. Es el mejor chisme del gótico. Pasa absolutamente de todo. Aunque hayan visto la película, lean el libro porque es mucho más dramático y más intenso. Es una novela maravillosa.
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También quiero recomendar a una autora cubana que me encanta: Mayelis González. Ella escribe géneros fantásticos y publicó dos novelas este año: Palenque y Nuclear. Ambas son maravillosas. Piensan temas como la memoria, la migración y la manera en que lo fantástico, lo no mimético o incluso lo ciencia ficción nos atraviesa especialmente en Latinoamérica y el Caribe.
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Entre contemporáneas hay una autora colombiana que me gusta mucho: María Ospina Pizano. Tiene un libro publicado por Hachette que se llama La memoria es un animal esquivo. Es una novela sobre los recovecos de la memoria y sobre cómo el cuento que nos contamos sobre nosotros mismos puede ser un poco falso cuando lo miramos en retrospectiva.
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Mi última recomendación es otra autora cubana que sé que en México tiene muchos lectores: Elaine Vilar Madruga, con El cielo de la selva. Es un librazo que aborda este gótico tropical caribeño, si queremos pensarlo así, desde el cuerpo, la maternidad y la violencia.