Fernando Bonilla: del teatro a los libros que miran la muerte en México
El actor y dramaturgo debuta en la narrativa con "Tzompantli nuestro de cada día", un mosaico de cuentos sobre la muerte que van de lo familiar al humor y el absurdo cotidiano.
Acostumbrado a mover los hilos del escenario y de la pantalla, Fernando Bonilla ha construido una trayectoria versátil como actor, director de escena y dramaturgo. Formado en el Instituto de Cine de Madrid, fundador de la compañía Puño de Tierra y reconocido por producciones como Perdidos en la noche (presentada en el Festival de Cannes) o series como Narcos: México, Harina y ¿Quién lo mató?, el creador mexicano brinca hacia las páginas impresas.
En su primer libro de relatos, Tzompantli nuestro de cada día, traslada la precisión del ritmo dramático y el manejo del humor a un terreno narrativo que ofrece entretenimiento y reflexión.
Video: entrevista con Fernando Bonilla
"Los libros sobre la muerte también deben abrirle espacio a la risa"
Inspirado en la estructura mesoamericana de los muros de cráneos, Tzompantli nuestro de cada día reúne once relatos atravesados por la ironía, los laberintos burocráticos del país y el duelo personal.
Fernando, ¿qué vamos a encontrar en Tzompantli nuestro de cada día?
Once cuentos cortos con mucho humor, de lectura fácil y ágil, que confluyen en un mismo punto, en un mismo tema: la relación de México con la muerte. Pero decididamente dejando afuera los dos grandes temas que nos vienen a la mente cuando hablamos de la relación de México y la muerte, que son el folclore del Día de Muertos y el narcotráfico.
Me interesaba escribir estos cuentos para hablar de la muerte más íntima, más cotidiana, la manera en que los mexicanos nos relacionamos con la muerte de nuestra gente querida y con nuestra muerte propia también. Y la pregunta de si de verdad tenemos una relación especial, particular, distinta con la muerte o solo nos han dicho que la tenemos.
Ese fue el punto de partida y ese es el espíritu que detonó cada uno de los cuentos que conforman una suerte de tzompantli literario. El tzompantli es esta estructura mesoamericana prehispánica conformada por un muro hecho con muchos cráneos; bueno, pues este libro está conformado por muchas muertes. Cada cuento obedece a una calaca y es un mosaico que dialogan con el México que somos y con el que fuimos.
Háblanos de estas historias y de los personajes que habitan el libro.
Todas están atravesadas por el humor, por la comedia, por el absurdo; por la sensación de absurdo que es algo muy familiar para México. Creo que todas las personas en este país podemos sentir que el absurdo es parte de nuestra cotidianidad.
Las anécdotas nos plantean 11 historias distintas. Por ejemplo, Andrés es un personaje que se entera de pronto de que está muerto para el sistema tributario: por algún error que nunca acaba de descifrar, el SAT cree que está muerto. Básicamente es el martirio de enfrentarse a la burocracia para intentar revertir esta situación, lo complicado que es hacer trámites en México, lo desesperanzador y lo agotador.
Está Chevo también, quien es un trailero que por distintas circunstancias comienza a repatriar paisanos que murieron en Estados Unidos y los regresa a México para darles una sepultura digna de manera clandestina; se convierte en una especie de traficante de restos funerarios.
Tenemos a Valentín, un hombre descomunalmente grande, con alguna neurodivergencia o discapacidad no diagnosticada, que entra a trabajar como albañil; sus compañeros le juegan bromas, lo espantan y esto desencadena una situación trágica.
Del lenguaje escénico a la exploración de la prosa
¿Cómo fue tu proceso como escritor para unir ese pasado ancestral con la realidad actual de la muerte en México?
Creo que incluso dentro de México la manera de relacionarnos con el Día de Muertos es muy variada. Para algunas zonas del país, sobre todo hacia el norte, durante mucho tiempo se sintió como una suerte de imposición desde el centro, como una tradición ajena. México es un país muy diverso, muy heterogéneo, y la propia festividad de muertos tiene expresiones, significados y temperaturas muy distintas.
La escritura de este libro dejó fuera de cuadro el folclore y la festividad. Traté de conectar desde distintos lugares y distancias a los personajes, encaminándolos a un mismo núcleo que era la muerte y la relación con ella. Hay algunos cuentos que tienen una muerte muy cercana en el seno de una familia o una relación, y hay otras muertes que tienen siglos de distancia o son ajenas.
Pero creo que el lenguaje común es el absurdo. Nos enfrentamos mucho al absurdo cotidiano en México, pero la muerte misma nunca deja de ser absurda: la entendemos racionalmente, pero hay un nivel primitivo, emotivo, que no acaba de comprender que una persona a la que amas tanto y a la que estás tan acostumbrada o acostumbrado a ver, de pronto ya no vuelva a estar nunca. Ese fue el territorio más fértil para la escritura: la relación con el absurdo exterior y cotidiano, así como con el sinsentido existencial.
Naciste en una familia de personas dedicadas a la actuación y el teatro. Cuentas con un recorrido importante como actor en cine y dramaturgo. ¿Qué implicó volcar esa caja de herramientas en tu primer libro de cuentos?
Es un recurso muy familiar y cercano a mí, a mi naturaleza y a mi lógica mental. La comedia es una parte importante de mi vida y de mi manera de relacionarme con el mundo. He escrito mucho en mi vida, pero toda mi escritura hasta ahora había estado relacionada con la escena. Es la primera vez que hago narrativa, y no fue algo buscado o decidido a priori: empezó como una idea para un guion de cine. Sobre la marcha empecé a aterrizar las ideas y decidí ponerlas sobre el papel de un tirón antes de dramatizarlas. Me gustó lo que estaba sucediendo; la idea de construir este tzompantli literario me sedujo y acabó tomando forma de libro.
La comedia es una herramienta muy poderosa para tumbar barreras. La risa es un estado de excepción, como el llanto, el sexo o el pánico; altera nuestros sentidos y percepción, pero regresamos rápidamente al control. Esto facilita mucho abordar ciertos conceptos que podrían ser más complejos de tocar desde otros tonos. En México, la risa a veces es el último recurso que nos queda: ¿qué otra cosa hacer ya si no reírnos? Tiene el doble filo de ser liberadora, catártica y reveladora, pero también es una válvula que nos permite liberar algo de presión para seguir soportándola.
Tras este debut narrativo, ¿qué sigue en tu camino como escritor?
Tengo muchas ganas de seguir escribiendo; lo disfruto mucho. Todavía creo que no tengo la disciplina, el oficio y las tablas que ya domino en otras áreas de mi vida profesional, pero me hace mucha ilusión seguirlo explorando. Aunque todavía esté en un nivel secundario en cuanto al tiempo que le dedico respecto al cine o al teatro, me gustaría que eventualmente se convierta en el área dominante de mi trabajo. Poco a poco vamos.
¿Qué lee Fernando Bonilla?
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Cuentas de elefante, de Helme Heine, porque es el primer libro del que tengo recuerdos y el primero que recuerdo haber disfrutado. Es un libro para infancias muy sencillo pero muy profundo. Trata sobre un elefante que cuenta sus cacas y se da cuenta de que hace una bola todos los días; cuando cumple dos años empieza a hacer dos bolas, a los tres años tres, hasta que llega un punto de su vida en que ese número empieza a bajar y entiende que eventualmente va a morir. Es un libro muy bonito para niñas y niños que te abre la cabeza respecto a tu propia evanescencia y caducidad.
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La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Es una novela esperpéntica y muy divertida con un antihéroe barroco, contradictorio y patético al que acabas queriendo desde la lástima. Ha determinado mucho mi manera de construir personajes: me gusta explorar el patetismo, el ridículo y la pena ajena. Lo recomiendo un montón.
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Ibargüengoitia es uno de mis grandes referentes. Elijo Las muertas por lo redonda que es la novela y por la capacidad virtuosísima del autor para encontrar el humor en situaciones tan sórdidas, oscuras y lamentables como este caso real. Desde la ironía y la sorna desvela la torpeza, la doble moral y la flaqueza ética de los personajes; me parece brillantísimo.
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Disfruté muchísimo El vendedor de silencio, de Enrique Serna (quien me hizo el gran honor de prologar mi libro). Es una biografía ficcionada de Carlos Denegri, el padre del chayote y del modelo más corrupto de periodismo en el siglo XX en México. Un tipo brillantísimo que usó sus poderes para el mal. Serna logra construir una voz interior muy compleja e interesante que genera una empatía confrontadora con un ser deleznable.
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Le tengo un cariño muy personal a Los ingrávidos, de Valeria Luiselli. Es parte de la biografía y la poesía de Gilberto Owen en diálogo con una mujer ficticia que lo investiga. Me estimula mucho la erosión de las ficciones y las verdades que aborda, y además tuve el privilegio de escribir la adaptación teatral de esta novela (Los Ingrávidos, dirigida con Puño de Tierra).