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La novela de formación frente a la felicidad estandarizada

Especial La novela de formación frente a la felicidad estandarizada

David Rocha Molina Américas /

Vivimos en un mundo obsesionado con la productividad, el emprendimiento personal y la dictadura del "mejor yo", en donde la insatisfacción persiste porque los ideales son altos. Sin embargo, frente al coaching y la cultura en donde las acciones repetitivas como en los videojuegos pueden llevarte a una recompensa, la novela de formación o Bildungsroman contemporáneo ofrece un mapa alternativo: uno donde el crecimiento verdadero no se mide en logros KPI, sino en la capacidad de habitar el caos, aceptar el fracaso y cuestionar las narrativas de éxito que dominan nuestra actualidad.

El Bildungsroman tradicional, como Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, narraba el camino del héroe hacia la integración social e individual. Hoy, la novela de formación contemporánea, especialmente en Latinoamérica, ha dado un giro crucial: ya no se trata de integrarse a un mundo estable, sino de encontrar una forma de habitar un mundo en colapso, donde las promesas neoliberales se han agrietado. Son mapas de navegación para la derrota, la intimidad y la supervivencia emocional.

Desde el despertar sexual tragicómico hasta la búsqueda de identidad en el México postrevolucionario, estos libros trazan un aprendizaje profundamente humano, ajeno a los algoritmos de la auto-optimización.


Del “yo, S.A.” al yo en crisis

La cultura del coaching propone un individuo como empresa: debe invertir en sí mismo y presentar una marca personal coherente. En algunos casos, esta idea culminará en éxito, pero ¿qué pasa con las chicas y los chicos que no tienen alma para trabajar con libros de autoayuda?

La literatura contemporánea desmonta esta fachada con crudeza y, a menudo, con humor negro. Un ejemplo radical es Dick o la tristeza del sexo, de Kiko Amat, un Bildungsroman "antierótico" que convierte el despertar sexual de un adolescente católico y virgen en una farsa iniciática llena de pornografía triste. Lejos de cualquier narrativa de conquista o éxito, la formación de Franki Prats es un viaje a través de la vergüenza, la imaginación desbocada y la desolación, donde el aprendizaje no es sobre "triunfar", sino sobre sobrevivir al propio deseo y a la escuálida realidad. Es la antítesis literaria de cualquier manual de seducción.

Temporada de huracanes, de la escritora mexicana Fernanda Melchor, aunque es una novela coral y violenta, puede leerse como un Bildungsroman invertido y brutal: la formación de sus personajes es un viaje hacia la destrucción, impulsado por la pobreza, el deseo y la marginación. No hay lección aprendida, no hay crecimiento positivo, pero hay una verdad desnuda sobre cómo se forma (y se deforma) una subjetividad en un entorno hostil. Es la antítesis absoluta del relato de superación personal.

Este descenso a los abismos íntimos también define a Los abismos, de Pilar Quintana y encuentra un eco poderoso en Tapizado corazón de orquídeas negras, de Évolet Aceves. En esta última, el viaje de formación es una batalla por conquistar un cuerpo y una identidad en el México de 1920. La protagonista, Cayetana, no sigue un plan de automejora; libra una guerra contra los "monstruos y fantasmas" internos y sociales. Su Bildungsroman es de resistencia y libertad, donde el crecimiento se mide en coraje para enfrentar las prisiones del cuerpo y el género, no en hitos externos.

Aprendizaje colectivo, político y transgeneracional

Clásicos como La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, sentaron hace décadas la pauta: el paso a la adultez es un rito de pasaje traumático y generacional, donde se forja (y se deforma) el carácter en el crisol violento de una comunidad cerrada. 

Esta línea se expande hoy hacia la amistad como fuerza formadora. La enigmática vida del Chino Bruckenmeyer, de Guillermo Máynez Gil, convierte un accidente y un misterioso juego literario en el motor de una búsqueda de identidad que se teje entre Torreón, Sayulita y Nueva York. La formación aquí es un rompecabezas que se arma con las piezas que dejan los otros.

La dimensión colectiva y política del aprendizaje brilla en la obra magna de Elena Ferrante, La amiga estupenda. El Bildungsroman de Lenù y Lila es inseparable del barrio napolitano, de la ley del más fuerte y de una amistad tempestuosa que es el verdadero campo de batalla donde se forjan sus identidades. No hay sueño de éxito individual que no esté atravesado por la astucia, la envidia y la lealtad del entorno. 

Esta restauración creativa del pasado encuentra una de sus expresiones más líricas y melancólicas en Todo lo de cristal, de Rafael Pérez Gay. Aquí, la búsqueda hemerográfica de un hombre adulto se entrelaza con la crónica del niño en una casa con agobios económicos, mudanzas constantes y pequeñas epifanías en la Ciudad de México de los sesenta. Lejos de cualquier narrativa de progreso, la formación que se narra es un acto de arqueología afectiva. 

El aprendizaje no está en superar esas circunstancias, sino en comprender, décadas después, cómo esa infancia nómada cristalizó la mirada del adulto. La prosa de del autor mexicano afirma que recordar es un acto creativo de reconstrucción y que la verdadera madurez puede consistir en tender un puente de compasión entre el niño que fuimos y el adulto que creímos llegar a ser.

En clave más íntima pero igualmente transgresora, La culpa y el deseo, del autor francoespañol Jaime Homar, sigue a un joven europeo que viaja a Medellín buscando un soplo de vida en la literatura latinoamericana. Parte de la formación de Bernardo, el protagonista, tiene que ver con el desaprender los pecados ajenos y cuestionarlo todo tras encontrarse con su "joven pantera", en una búsqueda proustiana desubicada en el trópico.

Así, desde la hilarante tristeza de Kiko Amat hasta la odisea íntima de Ferrante, desde la búsqueda transgresora de Aceves hasta el viaje geográfico y moral de Homar, estas obras proponen que la verdadera formación —la que forja un carácter, una mirada ética, una forma de ser resiliente—ocurre en los desvíos, en las pausas, en el duelo compartido y en la contemplación inútil. Nos recuerdan que el "yo" no es un proyecto a optimizar, sino una historia a vivir y a escribir, a menudo, con los otros. 

Hoy en día ya no hay atajos hacia una felicidad estandarizada, ni siquiera en los libros de autoayuda. Se trata de aceptar el viaje largo, elíptico y necesario de convertirse en persona. Una travesía que, afortunadamente, no tiene un plan de negocios, sino páginas llenas de preguntas, risas, heridas y, sobre todo, verdad.

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